Vida líquida

Vida líquida

Vida-LíquidaCrítica de ‘Vida Líquida’ de Zygmunt Bauman.

Zygmunt Bauman hace especial hincapié en el tiempo de las cosas. Según él, “la velocidad, y no la duración, es lo que importa. A la velocidad correcta, es posible consumir toda la eternidad dentro del presente continuo de la vida terrenal […]. El truco consiste en comprimir la eternidad para que pueda caber, entera, en el espacio temporal de una vida individual”. En relación a la consecución de una vida placentera, Bauman considera que el tiempo que dura la vida es suficiente para satisfacer todas las necesidades de las personas: “Quizás no podamos suprimir el límite temporal que continúa pesando sobre la vida mortal, pero sí podemos eliminar (o intentar eliminar, al menos) toda limitación de volumen de satisfacciones que podemos experimentar antes de alcanzar esa otra (inamovible) frontera”.

El individuo vive asediado por una multiplicidad de factores: no puede aferrarse a las cosas, ya que el mercado no sobreviviría si lo hiciera. El horizonte ideal del marketing sería lograr que los deseos fueran irrelevantes con respecto a la conducta de los clientes potenciales. En este contexto resulta complicado crearse una identidad, ya que converge la búsqueda de libertad y seguridad, con el objetivo de ser felices. El problema es que todo aumento de libertad puede ser interpretado como una reducción de seguridad y viceversa. De este modo, es muy probable que el equilibrio sea inalcanzable.

Muchos están dispuestos a ganarse su identidad con la muerte. Es el caso de los héroes. Quieren que su sacrificio sea compensado. Así, su muerte vale la pena. Surgieron al inicio de la era moderna, con el concepto “nación”. Los que mueren sin esperar nada a cambio, son, según Bauman, los mártires. Éstos, además de sacrificarse, muchas veces pasan desapercibidos y no se les reconoce. “En la sociedad actual, de nadie se espera que sufra dolor a menos que éste haya sido infligido por las autoridades competentes como merecido castigo por una mala conducta”.

Otro de los conceptos que describe el sociólogo es el de “cultura”. Esta idea apareció en el siglo XVIII “como un modo abreviado de referirse a la gestión del pensamiento y el comportamiento humanos”. Los seres humanos, una vez nacen, deben hacerse, es decir, deben ser guiadas por otras personas, educarse. De ahí la necesidad de la cultura. Pero ésta no existiría sin sus creadores, que a su vez necesitan de gestores culturales. Si no fuera así, se arriesgarían a caer en la marginación, la impotencia y el olvido. Sin embargo, estos creadores de cultura pueden sentirse molestos por la intervención de los gestores en sus creaciones, que además se basan en criterios de mercado de consumo (que dan prioridad al consumo, la gratificación y la rentabilidad instantáneos). El problema reside en que este tipo de mercado prioriza el concepto de “usar y tirar” y la sustitución de aquellos bienes que no son rentables, objetivo que choca directamente con la naturaleza de la creación cultural.

“El síndrome consumista al que la cultura contemporánea está cada vez más rendida gira en torno a la negación enfática de la dilación como virtud y del aplazamiento de la satisfacción como precepto, principios fundamentales ambos de la sociedad de productores o productivista”. Precisamente este “síndrome consumista” es consecuencia de la sociedad de la información en la que vivimos sumisos, o quizá ambos factores se retroalimentan. Bauman se indigna constantemente al hablar de los perjuicios de la sociedad de la información, con preguntas que lanza sin respuesta, indudablemente obviada: “¿Acaso no son los pósteres las malas hierbas de la sociedad de la información que invaden hasta el último pedacito de terreno libre de raíces? ¿Acaso no son las malas hierbas de los jardines de la comunicación? ¿Acaso no son las paredes vacías y todas las superficies planas sin mensajes las versiones actualizadas, puestas al día de la modernidad líquida, de ese otro vacío al que toda naturaleza – en este caso, la naturaleza de la sociedad de la información – tienen horror?”.

Por otro lado, Bauman se plantea el estilo de vida que se lleva en las ciudades y su evolución en el tiempo. A su parecer, el progreso evoca un insomnio de pesadilla, que inevitablemente conduce a un sentimiento de inseguridad, de temor, entre los ciudadanos. De este pánico se extrae a su vez un gran capital comercial, sobre todo gracias al Marketing. Bauman pone por ejemplo el concepto del “todoterreno” como símbolo de seguridad, una idea que ha explotado la publicidad aprovechándose del miedo de los ciudadanos que ha creado la misma sociedad de la información.

La necesidad de protegerse supuso un aliciente para la construcción de ciudades, lo que años atrás dio lugar al éxodo rural. Bauman cita a la analista Nan Ellin para explicar este proceso: Protegerse del peligro fue “uno de los incentivos principales para la construcción de ciudades, cuyos límites quedaban a menudo definidos por grandes murallas o vallas”. Actualmente la ciudad se relaciona más con el peligro que con la seguridad.

Pero resulta paradójico que estemos constantemente tratando de eludir el peligro y que Bauman asegure que si desaparecen la inseguridad y el temor, desaparecería la espontaneidad, hasta tal punto de equiparar la seguridad con el aburrimiento. “Cuando desaparece la inseguridad, también están condenadas a desaparecer de las calles de la ciudad la espontaneidad, la flexibilidad, la capacidad para sorprender y la promesa de aventuras, que son los principales atractivos de la vida urbana”.

Todas las citas están extraídas de:

 Zygmunt Bauman: Vida líquida. Paidós. Barcelona, 2006.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.