Vampiresas olvidadas

Vampiresas olvidadas

alma-en-suplicioA pesar de la decepción que me he llevado en mis más recientes visionados en las salas de cine, no puedo decir lo mismo de las películas que he visto en casa estos días, especialmente las que llevaban meses esperándome en la estantería que ya podría definirse como una “mini-filmoteca particular”. Me gustaría detenerme en dos películas coetáneas muy oscuras, ambas con la presencia estelar de actrices vampiresas e inspiradas, casualmente, en novelas del escritor James M. Cain (conocido por El cartero siempre llama dos veces). Son Perdición (Billy Wilder, 1944) y Alma en suplicio (Michael Curtiz, 1945).

La primera encarna a la perfección el arquetipo del cine negro, con la presencia de una mujer desesperada y un hombre codicioso que sucumben al asesinato y a la traición. En el film, un vendedor de seguros (Fred MacMurray) se alía con la perversa mujer de un viejo (Barbara Stanwyck) para conseguir de éste una cuantiosa suma de dinero una vez muerto. Le engañan para que firme una póliza de seguro de vida que garantizaría a la beneficiaria, su mujer, una importante suma de dinero. Sin embargo, a pesar de que el asesinato sale según lo previsto, el vendedor de seguros no ha tenido en cuenta la presencia de un tenaz investigador de siniestros (Edward G. Robinson), que intuye que la muerte del viejo no ha sido por accidente ni por suicidio. Cuando el protagonista empieza a desconfiar de su amante y cómplice, la perversa mujer del viejo, su estabilidad emocional comienza a tambalearse.

Pese a la sordidez de Perdición se respira en todo el film, existe cierto romanticismo latente, completamente ausente de la también oscurísima Alma en suplicio. En esta última, la ambición, los celos y la envidia nublan a las protagonistas: Mildred Pierce (Joan Crawford) y su hija Veda (Ann Blyth, excelente en este papel de femme fatale). Se trata de una adaptación de una novela de James M. Cain que describe a Mildred como una mujer inteligente, ambiciosa y decidida que, tras distanciarse de su marido (Bruce Bennet), monta un próspero negocio para satisfacer las necesidades materiales de su hija mayor. Su obsesión por ella roza lo enfermizo e insano, incluso “lo patológico”, una obcecación que se acentúa con la muerte de su hija pequeña, que no parece afectarle demasiado, y cuando se entera de que Veda se siente atraída por el mismo sinvergüenza que ella (Zachary Scott). Si a esta enrevesada trama le añadimos un reparto brillante y una fotografía magnífica (Ernest Haller, ganador del Óscar por Lo que el viento se llevó), el resultado es explosivo.

Todo ello gracias, en gran medida, a la presencia de las mujeres “perversas” de la trama. Ya no existe ese cliché de vampiresa referido al personaje femenino guiado por la maldad, a esa femme fatale de rostro histriónico enmarcado por rasgos viles y perversos. ¿Quién puede olvidar a Bette Davis en sus papeles en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962) o en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950)? Yo no.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.