Ser un refugiado sirio en Jordania

Ser un refugiado sirio en Jordania

refugiado-handala“Cuando llegué a Jordania sentí que moría cada día dos veces. Ojalá hubiera muerto una sola vez en Siria”

En el mundo árabe todo empieza con un té. Compartiendo el té se comparten experiencias, vivencias, risas. Al principio, el contacto con el árabe puede resultar en cierto modo distante, a veces incluso tenso, pero a los cinco minutos una se siente como en casa. El té siempre resulta ser el mejor medio para interactuar con los árabes.

Conocí a Mostafa compartiendo un té a finales de noviembre de 2013. Comenzamos con una conversación trivial sobre mis planes en el viaje, la familia (uno de los primeros temas que salen a la palestra cuando conversas con un árabe), la ciudad en la que vivo, etc. Era mi primera noche en Madaba, ciudad cristiana de Jordania a unos 30 kilómetros de Amman. Pensaba que Mostafa era jordano, por el simple hecho de estar en Jordania y hablar árabe. No sé en qué momento pasamos de ser unos completos desconocidos a compartir emociones, amarguras, y, a la vez, risas. Eso es lo más fascinante de esa cultura maravillosa, la sonrisa es lo último que se pierde, lo último.

Le pregunto de dónde es y ahí empieza todo, como un carrusel, no puede parar de hablar, de expresar toda su frustración, rabia, miedo, inseguridades, tristeza, hastío, incertidumbre. Mostafa es un refugiado sirio, trabaja en Jordania en condiciones paupérrimas porque no cuenta con pasaporte y no le queda más remedio que aceptar cualquier cosa que sea supervivencia y pequeños ahorros para enviar a su familia, la que le queda, sitiada en Alepo.

La guerra lo destruye todo. Destruye vidas y esperanzas. Mataron a su padre y a su primo, y dispararon a su mejor amigo en la pierna. Mostafa sacó a su amigo del campo de batalla y fueron trasladados directamente a un campo de refugiados. Allí compartieron todo, las vejaciones y humillaciones, el hambre, el miedo, y, sobre todo, la insoportable incertidumbre de no saber dónde y cómo estaban sus seres queridos, si es que siguen estando, o siendo. Mostafa acompañaba a su amigo incluso al baño, porque dependía absolutamente de alguien con su pierna herida. Como abstraído en sus vívidos recuerdos, Mostafa me explica lo que le decía su amigo en esas circunstancias: “Ni siquiera mi hermano haría todo esto por mí”.

A pesar de las condiciones en las que vivió en el campo de refugiados, al llegar a Jordania su frustración y desdicha, en lugar de reducirse, fueron in crescendo. “Cuando llegué a Jordania sentí que moría cada día dos veces. Ojalá hubiera muerto una sola vez en Siria”, sostiene, apesadumbrado. Cuando estudiaba literatura inglesa en la universidad de Damasco fue llamado a alistarse en el ejército sirio. Al no compartir los ideas bélicos se negó y desde entonces fue relegado a la categoría de refugiado. Le quitaron el pasaporte y perdió su identidad y todo contacto con su familia. La última vez que contactó con su madre, completamente incomunicada en Alepo, fue por Skype hacía seis meses.

“Sobrevivir” día a día ya que no murió aquel día en Siria.

Le pregunté cuáles eran sus planes de futuro y su respuesta fue contundente: “Sobrevivir”. Sobrevivir día a día ya que no murió aquel día en Siria. Derrama algunas lágrimas y yo con él, y luego sonríe, comentando lo ridículo que resulta en su cultura que un hombre llore. Es la 1 de la mañana y debo acostarme. Al despedirnos me pide un abrazo y se lo doy, acompañado por un “layla sayda”, que resuena todavía hoy como un eco en mi conciencia.

© Foto: Nayi al-Ali – Handala

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.