‘Retahílas’ de Carmen Martín Gaite

‘Retahílas’ de Carmen Martín Gaite

gaite“Cuando vivimos, las cosas nos pasan; pero cuando contamos, las hacemos pasar”. Carmen Martín Gaite plasmó esta idea en La búsqueda de interlocutor (1982), libro en el que explica la base de su literatura de finales de los sesenta y principios de los setenta. Es precisamente la búsqueda de interlocutor el hilo conductor de Retahílas (que terminó de redactar el 31 de diciembre de 1973), novela en la que se relata el encuentro que se produce una noche entre dos personajes. Aunque antes de escribir esta novela, Gaite ya había profundizado en el cuento (con la colección El balneario (1955) o Las ataduras (1960)) y había escrito novelas como Entre visillos (ganadora del premio Nadal en 1957) o Ritmo lento (1962).

En Novela y Sociedad en la España de la posguerra, Antonio Vilanova ensalza “el dominio” de Gaite del “estilo, realidad e imaginación”, que precisamente se corresponden con los tres elementos fundamentales de toda creación literaria: “arte, vida y poesía”. Para esta escritora salmantina escribir es vivir. Pero para escribir, igual que para hablar, se necesita un interlocutor. De hecho, Vilanova afirma respecto a Retahílas que “la capacidad narrativa del ser humano tiene un origen conversacional, que evidentemente carece de sentido sin la existencia de un interlocutor que haga las veces de inspirador y oyente de las historias que se narran”. Así pues, en esta novela de Gaite, Eulalia y su sobrino Germán articulan cinco secuencias de soliloquios que se enlazan mediante la anadiplosis (un recurso que consiste en unir el final de un fragmento con el principio de otro; en el caso de Retahílas, el final de un soliloquio con el principio de otro) y que Gaite escribe en estilo hablado y coloquial.

En opinión de Vilanova, “no da igual cualquier interlocutor, ya que nuestras cosas no se las podemos contar a cualquiera”. De ahí que en Retahílas el discurso se articule entre dos personas unidas por una relación familiar y sentimental. De hecho, a lo largo de toda la noche en que se desarrolla la novela se produce una “prodigiosa comunicación” entre los dos, durante la cual “se sienten íntimamente compenetrados y satisfacen plenamente sus ansias de interlocutor”. Y es que a lo largo de esa noche que comparten Eulalia y Germán entorno a la figura de la abuela que agoniza en la habitación de al lado, y motivo por el cual se han reunido en el pazo de Louredo, ambos evocan el recuerdo de personas conocidas por los dos, historias familiares y episodios de un pasado común, que les lleva a rememorar acontecimientos de sus respectivas vidas.

[Pág. 212 de G Cinco, de la edición Destino]

A mí toda esta noche desde que empezaste con la retahíla primera de la muerte a caballo, y ya no te digo cuando salió Adriana, me da la impresión de que se ha encendido una hoguera, pero completamente en serio, la veo, por eso me he acordado de las de San Juan, es que tú no te das cuenta de cómo hablas, papá dijo una vez que vuestro padre te quiso poner de nombre Eulalia porque en griego significa “bienhablar”, digo yo que por ese lado se moriría tranquilo allá en Venezuela o donde se pegara un tiro; es más que hablar bien, es que lo encandilas a uno, te miro mientras hablas y te veo una cara increíble, de joven, de niña, de bruja, cambia a rachas, a la luz de las palabras que vas echando al fuego. Además es un fuego que lo propagas, te lo he dicho antes y es la pura verdad, porque yo en mi vida he hablado como esta noche ni he sido capaz de contar así las cosas, necesitaba tu hoguera para encender la mía. Y la casa, qué va a estar en ruinas, mujer, mientras sigamos hablando tú y yo, vamos anda: lo que pasa es que arde, pero el fuego es triunfo y solemnidad, no es ruina, en ruinas estará mañana.

En este fragmento, el último soliloquio de Germán, éste admira las capacidades oratorias de su tía Eulalia. Ya desde la primera frase (“toda esta noche”) nos ubica en el contexto en el que se desarrolla la historia: la noche en qué se reúnen para acompañar a la abuela en sus últimos momentos. Después alude a las retahílas que dan nombre a la novela (“desde que empezaste con la retahíla primera”), y que Gaite define antes de empezar: según el Diccionario de la Real Academia Española retahíla es una “serie de muchas cosas que están, suceden o se mencionan por su orden”. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen Eulalia y Germán: explicar algunos retazos de sus vidas, vividos en común o por separado, siguiendo un cierto orden. A continuación hace una metáfora del hablar como una hoguera, como si se tratara de un fuego que se propaga, y la mantiene hasta el final (“necesitaba tu hoguera para encender la mía”), donde se desprende esa necesidad de interlocutor patente en toda la novela. El padre Sarmiento escribió que “la elocuencia no está en el que habla, sino en el que oye…; si no precede esa función en el que oye, no hay retórica que alcance”.

Las frases son muy largas, como si estuviera hablando. Aunque no deben olvidarse las diferencias entre la narración escrita y la oral, que precisamente Gaite establece en La búsqueda del interlocutor. Según ella, el narrador oral tiene que atenerse a las limitaciones que le impone la realidad circundante; mientras que el narrador literario las puede quebrar, saltárselas, es decir, puede inventar con las palabras al interlocutor. Inventada o no la interlocutora de Germán, sin ella y sin la palabra no existiría esta historia. Tan importante es para Germán la palabra que en uno de sus anteriores soliloquios valoraba a las mujeres por su capacidad de conversación.

Este fragmento tiene una especial fuerza porque Germán percibe que la noche está a punto de acabar, y no quiere que termine, porque sabe que con ella se desvanecerá esa magia que había resurgido entre él y su tía. Por fin habían salido a la luz tantos episodios y sentimientos que habían quedado en el tintero años atrás, cuando la madre de Germán murió; y siendo tan sólo un crío necesitaba de los cuidados que su padre (Germán) y su madrastra (Collette) no le habían dado, un vacío que tan sólo podía llenar su tía, la que fue la mejor amiga de su propia madre.

Finalmente, acaba con otra metáfora: la casa en ruinas. En mi opinión alude a la abuela a punto de morirse y al hecho de hablar. La noche arde en la pasión de las palabras de su tía, pero cuando llegue el día la casa estará en ruinas (“en ruinas estará mañana”), porque la abuela habrá muerto y esa preciosa velada, de recuperación del tiempo perdido, habrá terminado.

© Carmen Martín Gaite

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.