Relatos de un náufrago del tiempo

Relatos de un náufrago del tiempo

alfonso-vegaCuando alguien pasa minutos que se convierten en horas, horas que se convierten en días, días que se convierten en semanas y semanas que se convierten en meses, en un barco atunero, coreano, en el Pacífico, uno se pregunta quién es. Adónde va. De dónde viene. Y por qué. Uno se dibuja la silueta de una cara en la palma de su mano y charla con ella. Como si fuera un náufrago a la deriva.

Ese náufrago es mi hermano, Alfonso Vega. Han pasado varios meses desde que se aventuró a pilotar un helicóptero en busca de atunes para un barco pesquero en el Pacífico. En él escribe, escribe mucho porque tiene tiempo, porque es lo único que mengua el peso de las agujas del reloj.

A mediados de enero aprovechó su tiempo en tierra (Honiara) para salir a cenar, comprar en un centro comercial Nutella, chocolatinas, patatillas, palomitas y todo lo que probablemente estaría meses sin probar. Fue a cenar al Pacific Hotel con Mike (ingeniero, piloto y mecánico de avión y helicóptero), un chico que vive en un velero de 15 metros, y aprovecharon para degustar una botella de vino tinto australiano. Con 32 años había recorrido casi todo el mundo, le contó anécdotas de Iraq, Sierra Leona, Liberia, Mali, Mauritania, etcétera. ‘Al lado de este no he salido del nido’, cuenta. Aunque claro que ha salido del nido. Después fueron al Cowboy´s Grill a tomar unas cervezas, el lugar más de moda de Honiara, ‘donde tres cantantes filipinas alegran la lluviosa noche’.

Así describe mi hermano a Mike: ‘Un personaje aventurero y con una filosofía de vida muy parecida a la mía, trabajar duro de joven mientras disfruta la vida para dedicarse a viajar por el mundo con su velero a partir de los 40’. Al día siguiente sigue lloviendo a mares, así que vuelve a salir con Mike, esta vez al Top 10 (la ‘discoteca’ de Honiara), hasta las tantas. Ellos y los monos, al parecer ‘en estas islas del Pacífico mastican las raíces de una planta adictiva, que les deja enrojecidos dientes y encías, y en muchos casos llegan a perder la dentadura completa’, explica Alfonso. Mike seguía explicándole sus historias de Afganistán, Somalia, Sudán, así como otros occidentales a los que se unieron. ‘Parecíamos de Naciones Unidas, un canadiense, un norteamericano, un australiano, un sirio y un español’, subraya.

Tres días después partieron a aguas de Papúa Nueva Guinea. En una aproximación a un tanquero que les pasó combustible ‘aprovecho a comprar agua embotellada y chocopie, unos “deliciosos” pastelitos coreanos que por lo menos me sirven para llenar el estómago cuando el cocinero no se ha portado bien con la comida’, cuenta Alfonso. ‘Lo que no contaba yo era con no entenderme con Samansa (el oficial en instrucción encargado de pedir las cantidades al tanquero), yo le pedí dos cajas de chocopie haciéndole el gesto con las manos del tamaño de las cajas, que se supone en cada una de ellas vienen 20 pastelitos (así tendría para por lo menos un mes), pues bien, él me pidió dos cajas en las que en cada una de ellas venían 10 de las cajas que yo le había pedido asi que ahora tengo que comerme 400 pastelitos de chocolate…’. Dos días después, en los que el temporal no les da tregua alguna, ponen rumbo a Islas Salomón, en busca de aguas más tranquilas. Una noche cenan sobre la cubierta, al aire libre, aprovechando un simbólico día en Corea para invocar a la pesca buena suerte. Pero de nuevo aparece la tediosa lluvia, que les obliga a poner rumbo al este, hacia aguas de Nauru y Tarawa. De nuevo travesías sin pesca. Días eternos, cambios de rumbo. Esta vez Kiribati. Ha pasado un mes desde que vuela solo en el atunero, sólo un mes, eso implica once meses más en el barco: ‘Es muy duro tener que mantener la cabeza ocupada en algo que no te haga pensar que te queda casi un año aquí metido. Seguimos sin hacer ni un lance, apenas vemos pescado cuando volamos y seguimos con rumbo este, hacia aguas más cálidas por las que no haya pasado el temporal que azotó Islas Salomón y Rabaul. Últimamente los días parecen semanas, y las semanas parecen meses’, cuenta Alfonso. Se dedica a leer novelas, entre ellas alguna de Pérez-Reverte sobre los naufragios de la Marina Española durante el siglo XVII. Concentrado en esa lectura, de repente suenan por la megafonía gritos de alarma y Alfonso busca como loco su chaleco salvavidas hasta que ve a un par de marineros riéndose de él. Al parecer se trata de un simulacro de naufragio, al que le sigue un simulacro de incendio.
Continuará…

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.

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