¿Relativista cultural o imperialista blanca?

¿Relativista cultural o imperialista blanca?

marrakech4Desde pequeña he sido muy observadora. He tratado durante toda la vida de buscar una explicación a todas las circunstancias que me envolvían, desde las más cercanas, como las relaciones personales, a las más distantes, como las guerras o los conflictos sociales. Estaba obsesionada con la lógica de las cosas, con buscar una causa a cada circunstancia, por nimia que fuera. Pero hasta que empecé a leer textos de los primeros antropólogos, como Radcliffe-Brown o Malinowski, no me he dado cuenta de la importancia del por qué de las cosas.

Si bien ciertas vertientes de la antropología defienden la mera observación y transcripción de las particularidades de la cultura que se estudia, otras ramas (como la antropología interpretativa) tratan de encontrar un por qué a determinados comportamientos o estructuras sociales. Es esta vertiente la que me resulta más atractiva y a la vez más complicada.

Básicamente, porque una interpretación requiere implicación. Si, como antropóloga, tuviera que convivir con una tribu en la que la ablación, por ejemplo, fuera un rito habitual, desistiría en mis intentos de observar, acabaría huyendo de tal aberración. Los relativistas culturales me llamarían “imperialista blanca”, por rechazar un rito que desde hace tantos años forma parte de una cultura, de una tradición “intocable”. O, en términos más académicos, me llamarían “etnocéntrica”, entendiendo etnocentrismo como “la tendencia a considerar superior la propia cultura y a aplicar los propios valores culturales para juzgar el comportamiento y las creencias de personas criadas en otras culturas” . Precisamente, el etnocentrismo se opone radicalmente al relativismo cultural.

Antes de empezar a estudiar Humanidades, me consideraba relativista cultural, por toda esa utopía idílica que planteaba: la defensa de la igualdad entre todas las culturas. Ideológicamente, era algo maravilloso. Pero no fue hasta que leí El asedio a la modernidad. Crítica al relativismo cultural, del filósofo y sociólogo argentino Juan José Sebreli, que no fui consciente de las implicaciones de esa forma de pensar. Si tuviera que definirme, teniendo en cuenta la poca precisión de los términos, actualmente sería una “relativista cultural moderada”, es decir, aceptaría todas las culturas siempre y cuando no chocaran con los Derechos Humanos que, por supuesto, considero universales, aplicables a todas las culturas.

Lévi-Strauss ya establecía en su Raza e historia, como portavoz de la diversidad cultural para la UNESCO, que “no puede existir una civilización mundial en el sentido absoluto que puede conferirse a éste término, porque la civilización implica la coexistencia de culturas que presentan entre ellas la máxima diversidad y permanecen aún en tal coexistencia”.

Lévi-Strauss asegura, desde su estructuralismo: “No olvidar jamás que ninguna fracción de la humanidad dispone de fórmulas aplicables al conjunto y que una humanidad confundida en un género de vida único es inconcebible, porque sería una humanidad cosificada […]”. Y considera necesario “preservar la diversidad de las culturas en un mundo amenazado por la monotonía y la uniformidad […]. Es el hecho de la diversidad el que debe ser salvado”.

Sin embargo, y como contraargumento, Sebreli apunta que “el verdadero enemigo del individuo no es la humanidad universal sino los particularismos, nacionales, biológicos, raciales, sexuales, clasistas”.  Precisamente una de las contradicciones fundamentales del relativismo cultural consiste, según el filósofo, en que el respeto a las culturas ajenas, el reconocimiento del otro, “lleva inevitablemente a admitir culturas que no reconocen ni respetan al otro” .

Sea como fuere, debemos entender el por qué. Muchos de los conflictos que inundan las portadas de los periódicos son consecuencia de una falta de comunicación, o de la ignorancia de unos respecto a otros. La antropología social, mediante el estudio de las sociedades y sus relaciones con otras, trata de dar solución a los principales conflictos que las envuelven. Entendiendo las causas de determinados comportamientos se puede ser tolerante con ellos, o como mínimo, se pueden prever y tratar de evitar sus consecuencias.

Quizás el fracaso del antropólogo que trataba al niño salvaje (Víctor de Aveyron) de L’enfant sauvage, es que trataba de imponerle un programa de enseñanza de sus conductas sociales (las de su cultura), en lugar de estudiar los motivos del comportamiento del salvaje y buscar la mejor manera de comunicarse para entender sus necesidades.

La convivencia necesita de unos mismos códigos comunicativos. Pero la comunicación se basa en la comprensión, no en la imposición.

Las citas están extraídas de la siguiente bibliografía:

Juan José Sebreli: El asedio a la modernidad. Crítica del relativismo cultural. Barcelona, 1992. Editorial Ariel.

Conrad Phillip Kottak: Introducción a la antropología cultural.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.

--852--