Prohibido envejecer y estar en el paro

Prohibido envejecer y estar en el paro

barentsburgMorir, envejecer y estar en el paro es ilegal en Svalbard.

Y, aún así, es el lugar más bello y turbador en el que he estado. De Palma de Mallorca a Oslo hay más de dos mil kilómetros. Casi los mismos que de Oslo a Longyearbyen, la capital de Svalbard. Estábamos a 22º en Mallorca cuando cogí el vuelo hacia Noruega, el 17 de octubre. Cuando bajé en Oslo-Rygge, unas horas después, el termómetro marcaba 2º. Finos copos de nieve se posaron en mi rostro, como puñales. Acababa de leer los primeros versos de Muñeco de nieve, de Jo Nesbø. En la novela, la primera nevada en Oslo fue un 5 de noviembre, dos semanas más tarde.

Miércoles 5 de noviembre de 1980. Fue el día que llegó la nieve. A las once de la mañana empezaron a caer los copos densamente y sin previo aviso desde un cielo incoloro, como un ejército espacial, conquistaron los campos, los jardines y los prados de Romerike. A las dos, las quitanieves ya estaban funcionando en Lillestrøm…

Para mí Oslo era una mera escala para un destino que me hacía tanta ilusión como para algunos cinéfilos visitar Sundance. Recorrí la capital noruega como Harry Hole, el protagonista de la saga policial de Jo Nesbø, sin saber lo que buscaba hasta que lo encontré. Y lo encontré. 24 horas después. Cuando el avión realizaba la maniobra de aproximación a Longyearbyen, tenía el corazón en un puño y toda mi ropa puesta. Un enorme muro blanco, como el muro de los caminantes blancos en Juego de tronos, nos dio la bienvenida. No había nada más. Sólo blanco. En la terminal nos esperaba el autobús para acercarnos al centro del pueblo. Una señal de peligro alertaba de la presencia de osos polares. Nos indicaron que era recomendable permanecer en nuestro alojamiento dado que habían visto un oso polar por la línea costera de Longyearbyen y hasta que le sedaran para trasladarle al interior de la isla era peligroso circular desarmado. Después de comer ya era de noche. Bajé al centro a tomar una cerveza tostada en Svalbar, un acogedor pub junto a la vía principal del pueblo.

De Longyearbyen a Barentsburg

A la mañana siguiente me uní a un grupo de noruegos y alemanes para ir en un barco llamado Langøysund a Barentsburg, un poblado minero ruso. La oscuridad era abrumadora a primera hora de la mañana y el hielo se adueñó de la cubierta del barco, pero a las 11 por fin pudimos atisbar el sol tras unas enormes masas de nieve, áridas, inertes, árticas. Estaba charlando con Katharina, una joven alemana que está realizando su tesis doctoral con el objetivo de descifrar los movimientos de los glaciares basándose en muestras recogidas en uno de los fiordos de Spitsbergen, la principal isla del archipiélago de Svalbard. Desde una de las ventanillas del barco vimos cómo una línea roja de fuego dibujó la silueta de las formaciones montañosas hasta que el sol se mostró en su máximo esplendor, un esplendor tenue y débil. Salimos a cubierta a disfrutar de ese espectáculo y tomar algunas fotografías y, en ese instante, alcanzamos los glaciares, donde recogimos unas muestras. Bebimos whiskey con hielo de ese glaciar, comimos ballena a la brasa y tomamos carajillos de Baileys. Una envidia sana se apoderó de mí cuando Katharina me explicó el avance de sus investigaciones y sus experiencias en Svalbard e Inglaterra. Tras unas horas de navegación por el fiordo de Isfjorden llegamos a Barentsburg. Entre las casas de arquitectura comunista se alzaba un polideportivo con piscina climatizada y una iglesia ortodoxa. Algunos mineros regresaban a sus casas tras una jornada de duro trabajo en las minas de carbón. Unas horas en Barentsburg son más que suficientes para conocer el pueblo y entender la crudeza de la vida allí, especialmente en invierno. Regresamos al barco y seguí charlando con Katharina hasta llegar a Longyearbyen. Una vez allí, ducha de agua ardiendo, revitalizante.

Poco más tarde, mientras tomábamos una cerveza, nos avisaron de que habían empezado a asomarse algunas auroras boreales tras los blancos muros de hielo y nieve que rodeaban el pueblo. Salimos corriendo a tomar algunas fotografías a la vuelta de la esquina. Un auténtico espectáculo se mostró ante nosotras. Eran tan bellas como efímeras. Aparecían y desaparecían rápidamente, como si un mago las encendiera y apagara a placer con su barita mágica. Le pregunté a un encantador tailandés cómo configurar los ajustes de la cámara, porque debido a la emoción y al frío apenas podía concentrarme. Tras permanecer más de cinco minutos a la intemperie, ataviada únicamente con mi ropa interior térmica, sin guantes, bufanda, ni gorro, debía entrar de nuevo en calor. Katharina me ayudó como pudo. Decidimos ir con un grupo de alemanas a las afueras de Longyearbyen, cerca del antiguo aeropuerto alemán de la Segunda Guerra Mundial, a contemplar esa obra de arte de la naturaleza sin ningún tipo de contaminación lumínica. Nos subimos las cinco chicas en un taxi, como pudimos, entre botas, abrigos, bufandas, gorros y guantes. Nada más bajar del coche empecé a derramar la primera lágrima hasta que se convirtieron en un río. Entonces el miedo a que se me congelaran las lentillas frenó mis lágrimas. Evidentemente era un miedo irracional. Además de auroras verdes, se intuían rayos de luz morados que inundaron casi todo el cielo. Entonces me di cuenta de que nunca antes había sido tan feliz.

En trineo por el desierto ártico

A la mañana siguiente me esperaba un simpático noruego, Thomas, para ir en trineo tirado por perros. El día era gris, casi negro, se intuía una tormenta a lo lejos, en el centro del desierto ártico. Salimos de Longyearbyen en Land Rover hasta el lugar donde vivían los perros. El 4 x 4 se deslizaba sin control en las curvas heladas del pueblo, pero Thomas era un experto conductor. Casi todos los perros eran razas cruzadas, entre la especie endémica de Svalbard, huskys, lobos y algunas razas pastoras. Entendían el noruego y corrían con brío, también cuando nos salimos de la carretera para adentrarnos por “senderos” de nieve y hielo, cerca de las minas de carbón y del antiguo aeropuerto. Vimos algunos renos endémicos de Svalbard, la especie más pequeña del mundo, en el vasto desierto ártico. Me pregunté de qué se alimentaban en invierno, y, ante la ausencia de respuesta, concluí que aunque no se alimentaran, seguro que eran un buen alimento para los osos polares. Lo que me condujo a pensar que quizás algún oso polar rondaba por la zona. Pero me sentí más segura al ver que Thomas llevaba una pistola de fogueo (para tratar de espantarles con el ruido) y un rifle (para neutralizarles si no quedara otro remedio). Él llevaba dos años viviendo en Svalbard durante todo el año. La primera vez que estuvo allí se enamoró de la isla. Fue como un flechazo. Y se quedó. Me contó que viven bien porque todos los habitantes son jóvenes, para resistir la brutalidad de un clima tan severo, especialmente en invierno. Le pregunté qué hacían las personas que habían vivido allí toda su vida cuando envejecían. “Regresan a tierra firme”, contestó. Hace 70 años que no se entierra a nadie en el cementerio de Svalbard. No existen facilidades para ancianos ni discapacitados. Las personas allí deben ser jóvenes, vitales, autosuficientes y productivas; no todos pueden soportar las extremas condiciones del clima ártico y de un paisaje árido en un lugar tan remoto. Por ello es obligatorio contar con un trabajo o actividad reconocida en el archipiélago, ya que las islas no pueden sostener la presencia de personas necesitadas al no poder prestarles todos los servicios que se consideran vitales en cualquier Estado del Bienestar. Tampoco muchos pueden aguantar un invierno en un lugar donde no sale el sol desde el 26 de octubre hasta mediados de febrero. Por ello en Svalbard se dice que no hay estaciones: el día dura seis meses y la noche otros tantos. Sobre el trineo, con el viento ártico golpeando crudamente mi piel, tenía frío, mucho frío. Nunca antes había tenido tanto frío. Al volver sentía que mi cabeza estaba a punto de explotar, me costaba respirar. Sabía que estaba incubando el resfriado, gripe, catarro, bronquitis, o lo que sea, de mi vida. Así que me tomé una copa de vino tinto y me metí en la cama. Mi última noche en el paraíso. Decidí esperar a escribir este post unas semanas para evitar dejarme llevar por la emoción del momento. Pero aún hoy, cada vez que pienso en Svalbard se me comprime el corazón y se me humedecen los ojos al recordar esa inhóspita y yerma belleza. Tan cerca, pero tan lejos.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.