Metafísica aristoteliana

Metafísica aristoteliana

metafisica-escherSi bien las teorías aristotélicas sobre la Ética y la Estética han tenido una especial repercusión en la filosofía moderna, la Metafísica es la ciencia fundamental de la filosofía, ya que explica “lo que viene después de la naturaleza”. A pesar de ello, Aristóteles nunca usó la palabra “metafísica” en ella, sino “ontología”[1], concepto desmembrado a partir de la lógica. Fue Andrónico de Rodas quien tituló esta obra, puesto que se encontraba al lado de la Física en la estantería de El Liceo (escuela fundada por Aristóteles en Atenas en el siglo IVaC, a su regreso de un viaje por las islas griegas). En ella se tratan los presupuestos, causas y primeros principios de la filosofía, así como las leyes y principios que rigen la naturaleza.

En resumidas cuentas, el Libro I de la Metafísica hace una recapitulación sobre las principales aportaciones de los filósofos anteriores. En él, Aristóteles critica básicamente cómo se aplican las definiciones y tipos de causas que plantean sus homólogos. Pero además, introduce su teoría del conocimiento, que, al fin y al cabo, es la principal preocupación de los filósofos: “Todos los hombres, por naturaleza, desean conocer”[2]. Según él, el conocimiento se adquiere a través de los sentidos. En este punto encontramos el primer choque con su maestro Platón. Y es que el filósofo griego, en su teoría de las ideas, aseguraba que los sentidos nos engañan y, por tanto, el conocimiento sólo se puede adquirir mediante el método dialéctico, basado en la imitación y la participación.

Aristóteles critica de Platón que no ofrezca explicaciones racionales a sus argumentos, que se limite a utilizar mitos y metáforas en lugar de aclarar conceptualmente. Además, Aristóteles utiliza el argumento del tercer hombre para desvirtuar la teoría de las ideas: según Platón, la semejanza entre dos cosas se explica porque ambas participan de la misma idea. A juicio de Aristóteles, se precisa un tercero para explicar el parecido entre dos cosas, y un cuarto para definir las tres, y así sucesivamente, en una tendencia al infinito.

Por otro lado, Platón consideraba que los objetos de conocimiento son universales y necesarios; y que las ideas (que son la única verdad) son trascendentes, independientes, inmutables e inmateriales. Aristóteles para refutar estos postulados se plantea cómo se pueden conocer las cosas si éstas son cambiantes. Así que, partiendo de la premisa que existe el cambio, existe también el movimiento: el paso de la potencia al acto. Pero todo movimiento tiene un origen, que es el primer motor.

Sin embargo, ¿qué es lo que cambia en los objetos del conocimiento? La ousía o la sustancia son todas las cosas que hay en el mundo, compuestas de materia y forma. Para explicar el cambio, Aristóteles sostiene que la materia es aquello que no cambia (en el árbol y en la silla hay madera, que no cambia; lo que cambia es la forma). La naturaleza tiene el principio de movimiento en sí misma (por sustancia), a diferencia de la técnica (que lo tiene por accidente). “Pero si el arte imita la naturaleza y es propio de una misma ciencia el conocer la forma y la materia […], será entonces tarea propia de la filosofía conocer ambas naturalezas”.[3]

Sin embargo, para entender el movimiento, Aristóteles opina que ante todo, hay que saber por qué se produce, es decir, sus causas. Éstas ocupan gran parte del Libro I de la Metafísica. Aristóteles critica de los empíricos que éstos saben que una cosa es, pero ignoran el por qué (ya que se basan en la experiencia, que es conocimiento de lo particular); los técnicos, en cambio, conocen las causas (puesto que parten de la técnica, que es conocimiento de los universales).

En el Capítulo II del Libro I, Aristóteles establece que sólo los sabios conocen el qué, pero ante todo, las primeras causas y los principios. De hecho, el sabio “conoce todas las cosas sin tener en particular la ciencia de cada una de ellas”[4]. Cuando Aristóteles asegura que “tiene más sabiduría la ciencia deseable por sí misma que por sus resultados”, se refiere a la filosofía y a la idea de que no es el fin en sí mismo lo más satisfactorio, sino los medios a través de los cuales se alcanza ese fin, que es el bien. Esta idea recuerda a la ética aristotélica, que tiene como fin la felicidad, estadio al que se llega a través de la virtud, adquirida y voluntaria.

Retomando el tema de las causas, en el capítulo III, Aristóteles se dedica a definirlas, ya que son el medio para alcanzar la sabiduría. Las define como “lo que es ser esto”; como materia o sustrato; como principio de movimiento, y como fin y bien. Y critica las definiciones que sus predecesores daban a las causas. La mayor parte de los primeros filósofos creyó que los principios de todas las cosas se encontraban exclusivamente en el dominio de la materia. Estos filósofos, presocráticos, entendían que la realidad es cambiante, pero que existe un orden, que llamaban arjé, que era el fundamento, aquello que permanecía aunque las cosas cambiaran a su alrededor. Tales consideraba que siempre existe una determinada naturaleza de la que nace todo el resto, mientras ella se conserva. Anaxígenes y Diógenes sostuvieron que el aire es anterior al agua, principio de los cuerpos simples. Pero para Hipasos y Heráclito, el fuego es el primer principio. Por otro lado, Empédocles consideró que la tierra era el cuarto elemento. Para refutar estas ideas, Aristóteles asegura que el bronce no produce la estatua, es decir, no es la materia la esencia de las cosas; la causa reside en el origen del movimiento. Aristóteles no concebía los seres sin una causa que los moviera y concertara. Ponía por ejemplo la amistad como causa del bien (siempre y cuando ésta se diera entre iguales, entre los buenos y virtuosos; puesto que las amistades teñidas de utilidad no son virtuosas) y la discordia como causa del mal.

Para los pitagóricos, los números eran los principios primeros de toda naturaleza. Y los primeros pensadores consideraban al principio como corporal. En conclusión, los filósofos anteriores a Aristóteles no reconocieron con claridad ni “lo que es ser esto” ni la causa formal. Quienes hablaban del intelecto o de la amistad consideraron esas causas como el bien, pero no como el fin de las cosas en cuanto existentes o en devenir, sino que hablaban de ellas como si fueran causas de su movimiento. Su problema residía en que no trataban al bien absolutamente, sino como causa accidental.

En el capítulo VIII, Aristóteles considera que los presocráticos se equivocan al suponer que el Todo es uno y admitir como materia una naturaleza única. Los planteamientos acerca del Uno y el múltiple (¿cómo puede una cosa seguir siendo ella misma y recibir calificaciones múltiples y contrarias?), así como el cambio, son problemas heredados que Aristóteles explica en el Libro III de la Física y matiza en la Metafísica.

En definitiva, la Metafísica supone un hundimiento de la teoría platónica de las ideas. En la última parte del Libro I, Aristóteles se plantea una serie de preguntas que acaban de desmontarla: ¿Qué utilidad tienen las ideas tanto respecto de las cosas eternas pertenecientes al mundo sensible como de las sometidas a la generación y corrupción? Pues no son causas ni del movimiento ni de ningún cambio. Y en nada contribuyen al conocimiento del resto de cosas. ¿Cómo las ideas podrían ser ousías de las cosas, existiendo separadas de ellas? Y, sobre todo: “¿Cómo se podrá conocer una cosa sensible sin poseer la sensación correspondiente?”.

A modo de conclusión, en el capítulo X Aristóteles reconoce que los filósofos anteriores mencionaron las causas, pero lo hicieron de un modo confuso. Si bien Aristóteles se vio influenciado por algunos de esos filósofos, como Platón o Sócrates (de hecho, hereda los problemas que se plantearon ellos y trata de darles solución), también sentó las bases de un pensamiento que alabarían durante toda la Edad Media y que daría mucho que hablar (tanto para bien como para mal) durante el siglo XIX y hasta la actualidad. Es increíble la capacidad de razonamiento del ser humano de hace veinticuatro siglos.

© Foto: Escher


[1] DRAE. Ontología: Parte de la metafísica que trata del ser en general y de sus propiedades trascendentales.

[2]  Aristóteles: Metafísica. Editorial Sudamericana: Buenos Aires, 1978. Página 980a.

[3] Aristóteles: Física. Madrid: Gredos, 1995. Capítulo II, página 194a.

[4]  Aristóteles: Metafísica. Editorial Sudamericana: Buenos Aires, 1978. Página 981b, línea 10.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.