Memoria de la melancolía

Memoria de la melancolía

melancoliaDesde el exilio se hace difícil hablar de la guerra.

Julia Kristeva: Todos conocemos al extranjero que sobrevive con la cara llena de lágrimas vuelta hacia su patria perdida. Amante melancólico de un espacio perdido, no puede, de hecho, hacerse a la idea de haber abandonado todo un tiempo. El paraíso perdido es una ilusión del pasado que él nunca será capaz de recuperar […] El extranjero es un soñador haciendo el amor con la ausencia.

Desde el exilio se hace difícil hablar de la guerra. Pero María Teresa León era una mujer de vanguardia (junto con Concha Méndez o Rosa Chacel), una escritora demasiado comprometida y activista política, como para disfrutar sin más de sus años en Roma (su lugar de residencia cuando publican sus memorias) y Buenos Aires. Desde que conoció a Rafael Alberti realizó numerosos viajes a la Unión Soviética que influyeron sobremanera en su prolija producción literaria (cuentos, novelas, biografías noveladas, teatro…), secundada por las revistas que fundó (Octubre, El Mono azul).

No pudo dejar de lado su pasado, en busca de la identidad perdida que el destierro se encargó de acentuar. Adolfo Sánchez Vázquez nos recuerda que el exilio nunca se acaba aunque puedas volver, es como una herida, como “un desgarro permanente”. Es una herida que nunca cicatriza, porque, como se plantea Luisa Garnés: ¿Qué sucede desde el momento en que el exiliado echa raíces en el país de adopción? Y precisamente a esta idea alude León en su Memoria de la melancolía:

“Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado”

Lo más destacado de su memoria, los retazos de su vida escritos mediante el co-presente narrativo (va y viene en el tiempo, como si todo hubiera sucedido en el mismo marco espacio-temporal, además de distinguir los tiempos verbales en función de si se trata de la esfera pública o la privada), resultado de la mezcla de su gran tradición literaria con sus conexiones vanguardistas. Todo ello influido por su punto de vista, sobre todo por el exilio y el hecho de ser mujer (de ahí que su pseudónimo fuera Inghinami). El recuerdo de su infancia, de sus pensamientos sin madurar se enlaza con su visión del presente, de su exilio en Roma, formando un todo inseparable, como si todo hubiera coincidido en el mismo sitio, en el mismo momento. Habla de su pasado en tercera persona, de los niños que en realidad hacen alusión a su propia infancia (Y no quiero hablaros de los niños. Los niños que claman porque se cierran las ventanas, los niños que no consiguen nunca olvidar el estruendo de las explosiones y se les queda dando vueltas en su cabecita sin encontrar salida…). Y habla de su presente en primera persona.

En las memorias lo primero que se debe tener en cuenta es el momento de escribirlas. No es lo mismo escribir sobre heridas recientes, abiertas, con todo lo que ello implica, que relatar los hechos con una herida que, aunque ha dejado marca, ya ha cicatrizado. En el caso de León, lo que narra no está teñido por la inmediatez de los hechos, pero tampoco puede juzgar los acontecimientos por la cercanía. A pesar de ello, Memoria de la melancolía se basa en la discontinuidad, no sigue una estructura lineal. Aun así, los fragmentos dialogan entre sí, se van aclarando los unos a los otros (en la denominada escritura asociativa).

Pero es que además, sus memorias están empapadas de nostalgia, de rencor y de tristeza. Llega incluso a humanizar los edificios, los árboles, en fin, el barrio en el que vivía (Abrieron el vientre de mi calle las bombas. La oigo llorar aún con sus cientos de ventanas golpeándose en sus quicios durante toda la noche/ Agua de cañerías quejándose). En el artículo Condiciones y límites de la autobiografía, Georges Gusdorf alude a la experiencia como “materia prima de toda creación”. Y es que “al tomar conciencia de lo que uno fue, uno cambia lo que es”. La autobiografía es una tarea de salvación personal, que, por tanto, se acerca más al valor artístico que al histórico. Así, aunque León estaba muy implicada política y socialmente, su intención al escribir sus memorias probablemente era más satisfacer su necesidad de recordar que dejar plasmados unos hechos verídicos en la Historia (con mayúsculas). Y es que para ella, olvidar es hasta cierto punto morir. Además, al describir su encuentro con Stalin en la Unión Soviética, se percibe la falta de parcialidad, hasta tal punto que ella misma lo reconoce: La Historia grande de ese momento de la Unión Soviética y de Stalin queda para los historiadores.

Otra de las características fundamentales de su Memoria de la melancolía es la oralidad del relato, es decir, sus alusiones al interlocutor, como se puede percibir en el fragmento seleccionado (Perdonadme que cuente de manera tan personal…/ Y no quiero hablaros de los niños…).

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.