Las tormentas del Pacífico…

Las tormentas del Pacífico…

tormenta… Se unen al inexorable paso del tiempo.

Siguen los días interminables y los relatos de un piloto atunero. Pocos lances, clima tedioso, la comida de siempre. El piloto de helicóptero Alfonso Vega explica que durante el mes de febrero siguen surcando aguas del Pacífico, entre Micronesia, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Kiribati. Uno de esos días, la tormenta empezaba a arreciar con tanta intensidad que la tripulación comenzó a cazar y amarrar los cabos y a asegurar todo el equipo e cubierta, desde redes, barcas auxiliares, pasando por focos, equipos de pesca y todo tipo de herramientas e instrumental. Alfonso Vega y su mecánico suben al helideck, a pesar del vaivén de las olas y la intensidad del viento y colocan con esmero los cabos de seguridad sobre los patines del helicóptero para amarrarlos posteriormente a elementos fijos de los extremos de la helisuperficie. Prestan especial atención a las palas del helicóptero, muy delicadas, y que con las sacudidas pueden sufrir daños considerables.

En la cocina durante la cena, los pantocazos del casco del barco atunero sobre las olas provocan la caída de todo tipo de utensilios. Las sacudidas son tan intensas que toda la tripulación debe aferrarse a barandillas y pasarelas para moverse por el barco y se prohíbe por megafonía el acceso a la cubierta. Aunque las instrucciones se dan en coreano, el operador de radio se lo traduce a mi hermano, que se acuesta con el ensordecedor vaivén de las olas. Tras una noche de insomnio debido a los constantes pantocazos, Alfonso sube a cubierta a contemplar el espectáculo de las olas sobrepasando los siete metros de la obra muerta de la proa y que alcanzaban los cristales del puente. A pesar de encontrarse a once metros sobre el nivel del mar, el helicóptero sufría las constantes sacudidas del mar azotado por el viento. Mi hermano, consciente del impacto del salitre en todos los engranajes del helicóptero, planea una concienzuda inspección y limpieza con agua dulce para evitar la corrosión de las piezas.

Esa misma tarde, con la tormenta en pleno apogeo, el motor del atunero coreano se para a consecuencia de un fuerte pantocazo, que obliga al capitán a seguir durante cuatro horas a la deriva con rumbo sur, tratando de tomar las olas por la amura de babor para menguar el impacto del casco sobre ellas. La noche acecha y la tormenta arrecia. El atunero llega a escorar hasta 45 grados, provocando que durante la noche se cayera todo lo que mi hermano tenía en una estantería (ropa, chaleco salvavidas, libros y sus “apreciados botes de Nutella”).

Tras varios días de “tormenta perfecta”, a finales de febrero el tiempo se calma y Alfonso sale de nuevo a volar en una zona donde otros helicópteros buscaban bancos de atunes. Para evitar cualquier colisión se comunicaban entre los pilotos, dándose alturas y posición. Una noche más y, por fin, el aire acondicionado deja de funcionar. Al principio mi hermano se alegra (“¡Qué bien! Una noche sin dormir con mantas y camiseta térmica!), pero a medida que la noche avanza el calor se convierte en un infierno y llega a plantearse subir a cubierta a dormir, algo que el mecánico le prohíbe para evitar caer al mar en un bandazo. “Tiene su lógica, pero cuando uno se ve en un zulo con otras tres personas más sin poder abrir las escotillas herméticas y asfixiándose… se le ocurre de todo menos la seguridad”, apunta Alfonso.

Tarawa (Kiribati), atolón del Océano Pacífico Central

tarawa

Tarawa, Kiribati

A partir de entonces y hasta principios de marzo, mi hermano no paró de volar, hasta siete horas, hasta llenar la bodega con los lances, aunque muchos de ellos no fueran exitosos. Pocos días después dejó de volar por la ausencia de pesca, momento en el que el capitán decidió poner rumbo a Tarawa (Kiribati), un atolón del Océano Pacífico Central, a descargar las seiscientas toneladas de pesca antes de que pierdan sus propiedades tras varios días congeladas. Alfonso aprovecha para realizar un vuelo de mantenimiento a su llegada a Tarawa y buscar por las inmediaciones un rincón donde poder descansar y disfrutar de la playa y la tranquilidad.

Tarawa Sur, isla capital de la República de Kiribati, es famosa por ser escenario de la batalla de Tarawa durante la Segunda Guerra Mundial. Fue ocupada por los japoneses hasta que el 20 de noviembre de 1943 las tropas norteamericanas tomaron tierra en los atolones de Tarawa pese a las furiosas ofensivas japonesas.

Y entre los vestigios de una cruenta guerra se encuentra mi hermano, que pronto nos trasladará nuevas historias tan fascinantes como turbulentas.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.