La isla virgen de Koh Kong

La isla virgen de Koh Kong

cambodia-1Si alguna vez tuviera que describir el paraíso, ese sería sin duda la isla deshabitada de Koh Kong, en el sudoeste de Camboya

Como expliqué el otro día en un artículo sobre Camboya, nada más llegar a Koh Kong en diciembre, me adentré en la selva para llegar a las cascadas y más tarde recorrí los famosos manglares que caracterizan la costa del sudoeste camboyano. Al día siguiente me levanté a las 7 de la mañana para iniciar una nueva aventura: recorrer las islas vírgenes de Koh Kong y hacer buceo y kayak por la zona. En la expedición nos juntamos un francés, Xavier, dos árabes saudís, Qassim Ibrahim y Ahmed, y yo. Nos subimos en un fast boat de cuatro plazas y salimos del puerto del pueblo.

Nada más salir recorrimos el serpenteante río que entreteje los manglares y a toda velocidad nos alejamos de la costa. Me pareció que íbamos a unos 18 nudos, a tal velocidad que todo nuestro cuerpo saltaba con cada ola que surcaba la lancha. Era imprescindible agarrarse bien, y lo dice una amante de la vela y de la mar. Incluso nos recomendaron que nos pusiéramos los chalecos salvavidas. Pregunté al capitán, irónicamente: Is that really necessary? (¿Es realmente necesario?), y los saudíes me respondieron asintiendo con la cabeza.

Primera parada: la isla virgen de Koh Kong

Tras alrededor de media hora en el fast boat a toda velocidad, atisbamos lo que ahora definiría como “EL paraíso”. Una isla poblada de vegetación selvática, donde se intuían los manglares en el punto donde el mar y un pequeño torrente confluían. El agua, cristalina, entre azulada y verde esmeralda, cálida cual caricia a un ser querido. Bajamos de la lancha y vino a saludarnos un perro sarnoso, pulgoso y todo lo que termine en “oso” que probablemente sea contagioso. Nos proporcionaron gafas de buceo, impecables (las gafas con las que buceé en Shianoukville estaban repletas de mugre, oxidadas y los cristales casi opacos de las raspaduras; en esa ocasión no me atreví a usar el tubo de respiración). Ibrahim, Xavier y yo nos sumergimos en las profundidades del mar, recorriendo la costa coralina de la isla de Koh Kong, mientras Ahmed nos esperaba en la playa leyendo El alquimista (llevaba ocho años viviendo en California y nunca, nunca, se había bañado en el Pacífico).

Cuando las sanguijuelas voladoras cubren todo tu cuerpo

Fue la mejor experiencia de snorkeling de todo mi viaje. Vimos pepinos de mar, intuimos alguna morena y centenares de peces de colores, hacinados en las rocas que parecían contener nutrientes. Tras dos horas buceando sin descanso, regresamos a la playa, completamente desierta salvo por la silueta de Ahmed bajo una palmera, y les propuse coger un par de kayaks y adentrarnos en el interior de la isla, por entre los manglares. Al principio fue un desastre. Xavier y yo íbamos en un kayak y Ahmed e Ibrahim en otro, pero ellos eran incapaces de poner rumbo fijo (Ibrahim nunca había ido en piragua) y no hacían más que dar vueltas en círculos. Al final optamos por cambiar de pareja y resultó salir bien. Nada más adentrarnos en el río, centenares de una especie de sanguijuelas voladoras cubrieron nuestros cuerpos, especialmente el mío, por no tener vello. Xavier decía que no hacían nada, pero yo sentía cómo se iban inflando en mi cuerpo con mi sangre. Eran centenares. Al principio no le di mayor importancia, pero dos días más tarde mi cuerpo estaba repleto de protuberancias que no sabría cómo definir de forma precisa, pero probablemente la enfermedad que más se parecería a los síntomas que sufrí sería la lepra. Pero eso vino días más tarde.

Tras disfrutar del kayak en el interior de la isla, nos dispusimos a comer. Nos habían preparado gambas a la parrilla, algún tipo de pescado (que yo diría más bien que era una serpiente, y todavía tengo mis dudas…), arroz y verduras. Una comida exquisita bajo una palmera y con vistas al paraíso. Tras darnos otro baño nos acercamos de nuevo al lugar donde convergían el agua dulce y el agua salada y allí acudió nuestro amigo el perro sarnoso. Primero se acercó a Xavier, su gran amigo, luego a Ibrahim, que se tiró directamente al río, y a continuación a Ahmed, quien, con sus shorts, su camisa impecable, sus gafas Gucci y su cámara de fotos, salió corriendo como si una estampida de búfalos corriera tras de sí y se lanzó al agua (cámara incluida), con el perro pulgoso y probablemente rabioso nadando tras él.

Cuando pudimos dejar de reír, que fue casi diez minutos después, nos subimos de nuevo al fast boat y nos llevaron a otra isla, no tan paradisíaca, pero igualmente bella. Allí nos tumbamos sobre la arena fina, ese tipo de arena que te da la sensación de que se hunde bajo tus pies, por el efecto de los corales respirando bajo la arena. Conversé con Xavier, sobre la vida, el futuro, el viaje, y el placer del momento, y al cabo de poco, nos avisaron de que teníamos que volver. Los cuatro queríamos quedarnos allí eternamente, pero todo lo bueno tiene un fin, así que regresamos al fast boat y volvimos a puerto, todavía a más velocidad de lo que habíamos ido a la ida.

Quedamos los cuatro a cenar y fuimos a un restaurante junto al mar en el que Ahmed e Ibrahim habían cenado los últimos dos días y que nos recomendaron fervientemente. Sin duda fue el sitio más exquisito en el que comí en todo mi viaje, y también el más caro. Pero valió la pena. Fue una cena informal, donde nos reímos y hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Luego nos despedimos, sabiendo que probablemente sería la última vez que nos veríamos, pero con la conciencia de que habíamos compartido uno de los días más inolvidables de nuestras vidas.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.

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