‘La espalda del mundo’: la infancia

‘La espalda del mundo’: la infancia

camboya-infanciaLo maravilloso de la infancia es que
cualquier cosa es en ella una maravilla.

Gilbert Keith Chesterton

En la primera historia de La espalda del mundo, documental producido por Elías Querejeta, su director, Javier Corcuera incide en la problemática del trabajo infantil en Perú. Para ello hace un seguimiento de la vida cotidiana de Guinder Rodríguez, un niño de once años que vive con su modesta familia en una chabola de las afueras de Lima. El contexto que muestra el documental es de absoluta pobreza. Se trata de una tierra árida, de imposible explotación agrícola, con viviendas pequeñas en las que se hacinan un gran número de personas.

En una capital como Lima, en la que no se ha fomentado la creación de empleo, muchos peruanos se encuentran en el paro. Y, en caso contrario, el sueldo de una sola persona no es suficiente para mantener a toda la familia, cuyo núcleo suele estar compuesto por hijos numerosos. Esta situación obliga a los niños a trabajar desde edades tempranas. Como Guinder, que trabaja de picapedrero (la única opción en la zona) para ayudar a la familia. El problema es que debe compaginar el trabajo con la educación, puesto que de mayor quiere ser contable, mejorar su posición. La situación de los padres es un tanto desesperada, porque desearían que sus hijos no trabajaran, pero lo consideran una necesidad para poder plantearse un futuro.

Trabajar como picapedrero es una realidad que los niños aceptan como cualquier adulto

El trabajo de picapedrero exige grandes esfuerzos físicos que, además, no se compensan con una dieta adecuada. A pesar de ello, los niños parecen felices: juegan en la cantera, se ríen, etc. Ni tan siquiera se plantean la posibilidad de no trabajar. Es una realidad que aceptan como cualquier adulto. Hay una escena en que esta idea se hace patente: en una sesión de un circo, un payaso interpreta a un niño que no quiere trabajar. Los niños que observan el espectáculo no pueden más que reír por el hecho de que un niño se plantee la posibilidad de no trabajar.

En el documental, el trabajo infantil no se ve como algo del todo negativo, puesto que se considera la vía para llegar a tener una vida mejor. Obtener el dinero suficiente para pagarse los estudios y conseguir un puesto de trabajo decente y menos sacrificado. De hecho, “se socializan y construyen su identidad en base al trabajo”. Incluso reclaman sus derechos como trabajadores responsables de sí mismos.

En mi opinión, estos niños no han tenido infancia, entendida como etapa de receptividad, puesto que aportan más que reciben. “La infancia es la época en la que los niños y niñas tienen que estar en la escuela y en los lugares de recreo, crecer fuertes y seguros de sí mismos y recibir el amor y el estímulo de sus familias y de una comunidad amplia de adultos. Es una época valiosa en la que los niños y las niñas deben vivir sin miedo, seguros frente a la violencia, protegidos contra los malos tratos y la explotación. Como tal, la infancia significa mucho más que el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la edad adulta. Se refiere al estado y la condición de la vida de un niño, a la calidad de esos años”.

Ninguno de los niños del documental han crecido fuertes, ni han vivido sin miedo, ni protegidos contra la explotación. Al contrario, sus familias les han inducido al trabajo. Y, a pesar de que sin duda alguna  reciben el amor de sus allegados, no han contado con una educación adecuada. Incluso aprueban la delincuencia, uno de ellos quiere ser abogado para defender a todos los que han hecho “cosas malas”.

Lo que define básicamente la infancia es el hecho de vivir protegido, es una etapa de la vida receptiva, en la que se deben aprender valores básicos como el bien o el mal y recibir una educación no sólo para conseguir un trabajo decente, sino para llevarlo a cabo honradamente. Un niño pasa a ser un adulto cuando es capaz de tomar decisiones y ser consecuentes con ellas. A los niños del documental se les enseña antes la necesidad de trabajar que el hacerlo en base a una ética. Son personas activas, más que receptivas, como debería ser durante la infancia. Es evidente por qué los países que encabezan la listas de delincuencia sean los que cuentan con los más altos índices de explotación infantil.

A pesar de ello, los niños del documental desprenden esa inocencia que caracteriza la etapa de la infancia. No son conscientes de las implicaciones que tiene el hecho de que trabajen. Tienen sus sueños y no dudan de que se materialicen (todos sueñan con profesiones que precisamente en Perú escasean). Juegan, bromean, ríen. Son felices con lo poco que tienen. Esta es una característica propia de la infancia. Los adultos no suelen conformarse con lo que tienen, se van imponiendo metas cuando han satisfecho la anterior.

Los niños tampoco tienen conciencia del bien y del mal. Como he mencionado antes, uno de ellos acepta la delincuencia como forma de sobrevivir. Y otro quiere ser abogado para liberar a los malhechores de prisión.

En definitiva, quizá la inocencia de la infancia hace que cualquier cosa sea una maravilla, incluso el trabajo.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.

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