‘Hirbet Hiza, un pueblo árabe’

‘Hirbet Hiza, un pueblo árabe’

S. Yizhar, por Brauner TeddyS. Yizhar (Rehovot, 1916-Hadera, 2006) fue un escritor israelí, fundamental de la literatura moderna hebrea, conocido por obras como Hirbet Hiza y El prisionero, en las que criticó el trato dado por los soldados israelíes a los presos árabes durante la guerra de la independencia de Israel entre 1948 y 1949. Hoy me gustaría dedicar este espacio a su obra Hirbet Hiza (1949), publicada en una edición excelente por Minúscula, dentro de su colección Paisajes Narrados. La novela transcurre en Hirbet Hiza, un pueblo árabe imaginario que un grupo de soldados israelíes debe desalojar y enviar a sus habitantes a un campo de refugiados. La historia está narrada en primera persona, desde el punto de vista de uno de esos soldados que, a medida que avanza el relato, se plantea hasta qué punto es ética esa ocupación y se debate entre la necesidad de apoyar al nuevo Estado de Israel o actuar en función de lo que dicta su conciencia. La extraordinaria capacidad descriptiva de Yizhar, así como su atención a los detalles y, sobre todo, el precioso monólogo interior del protagonista, hacen de Hirbet Hiza una novela fundamental para cualquier amante del mundo árabe o para aquellas personas sensibles al conflicto israelo-palestino. A continuación os dejo unos fragmentos que reflejan las cualidades literarias de S. Yizhar:

El sol se hizo más grande y el día se arrellanó en el valle. No sabría decir por qué de pronto tomó fuerza en mí una sensación de soledad. En ese momento, lo más conveniente habría sido abandonar todo aquello y regresar a casa. Las incursiones, operaciones y misiones resultaban ya repugnantes. Y todos esos árabes mugrientos que se infiltraban para resucitar sus abrasados espíritus en sus pueblos vacíos ya hastiaban, y de tan aborrecibles hasta nos provocaban la mayor de las iras, porque, ¿qué teníamos nosotros que ver con ellos?, ¿qué teníamos nosotros que ver con sus pueblos infestados de pulgas? Así que si aún había que luchar por algo, lo que queríamos era luchar ya y acabar de una vez, mientras que si la guerra había terminado, deseábamos que nos dejaran marchar a casa. La situación de incertidumbre era insostenible. Esos pueblos vacíos nos sacaban de nuestras casillas. Antes los pueblos se tomaban al asalto, mientras que ahora no eran más que el grito de un silencio sofocado y maligno a la vez.

[…] Inevitablemente, afloró en mí lo que nos había pasado a nosotros, en casa, no hacía tanto tiempo y también hacía ya mucho, y hasta muchísimo, incluso más allá del límite borroso y lejano de la infancia, cuando de repente se oían unos tiros, unos disparos que llegaban de la frontera, lo mismo que los disparos del otro lado de los naranjales, y los de las colinas lejanas, los disparos nocturnos, o los de antes del amanecer, los rumores, el apagar las luces, algo grande que caía, grave, amenazador, preocupante, y las carreras, el secreteo, la escucha tensa, el miedo, las siluetas de unas sombras que aparecían con fusiles, extrañas y solemnes a la vez, que corrían por la amplia cuesta, el temor, las voces nerviosas, alguien que pedía silencio absoluto, y enseguida, por un contexto muy similar al de ahora, me imaginaba con todo detalle y certeza como en esa casa de la persiana verde y enlucida de blanco y azul alguien, abandonando lo que estuviera haciendo, se había puesto de pie presa de pánico, y como en esa de adobe de más allá otro dejaba de comer al tiempo que alguien del grupo de casas que había a la derecha hacía callar a quien en ese momento estuviera hablando: “¡Disparos!”, mientras los recorría un escalofrío, se veían acometidos por unos retortijones y una madre mortalmente aterrorizada acudía a reunir a sus hijos con el corazón en un puño.

[…] Dos o tres de nosotros nos precipitamos hacia ellas para recular al momento ante la visión que teníamos ante nuestros ojos: dos mujeres extremadamente ancianas, vestidas de azul y con unos pañuelos negros sobre la cabeza y los hombros, se hallaban allí como un bloque informe, unas mujeres espantosamente ajadas, unos monstruos de los que emanaba un hedor como de tumba removida, algo no humano, podrido hasta el vómito, con los ojos de un azulón nacarado incrustados en los marchitos rostros, muy juntos, puede que paralizados por el miedo o por su ya irremediable demencia senil. Y es que, según parecía, habían sido llevadas a rastras hasta allí por sus parientes, junto con los edredones, los cestos y otros enseres, y en ese punto, asaltados por un repentino pánico o a causa de todo el revuelo, las habían dejado allí, olvidadas y abandonadas, expuestas al sol como unos topos al mediodía, como una tara que siempre se hubiera mantenido oculta dentro de casa y que de repente hubiera quedado al descubierto con todo su horror, y así es como estaban allí ahora ante nosotros, pero ¿qué podía hacer uno con ellas, más que escupir asqueado, esquivarlas, no mirar y escapar de allí cuanto antes en medio de un escalofrío?

-¡Ya estamos otra vez con lo mismo, y mirad que os lo he dicho!-murmuró Shmulik haciendo una mueca de asco.

-Se van a morir-murmuró un tal Shlomo.

-A ver si se las lleva el diablo-exclamó Arieh.

-¡Dan miedo!-dijo Shlomo.

-Yo, por su bien, les metería un balazo y se acabó-opinó Arieh.

-Seguro que se mueren solas, es imposible que sobrevivan-insistió Shlomo.

Y sin volver la vista atrás seguimos subiendo por el camino y luego torcimos a la izquierda.

© Foto: S. Yizhar, por Brauner Teddy

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.