El callejón de los milagros

El callejón de los milagros

callejon-milagrosNaguib Mahfuz (El Cairo, 1911 – 2006) fue el primer escritor árabe en recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1988. Aunque en un principio se dedicó sobre todo a la novela histórica ambientada en el Egipto faraónico, pronto empezó a trazar interesantes relatos que se sucedían en los barrios y callejuelas de El Cairo, ahondando en interesantes personajes que pertenecían a las clases populares y a la pequeña burguesía. Durante esta etapa escribió ‘El callejón de los milagros’ (1947), de la que os dejo un pequeño y divertido fragmento en el que Zaita, hombre dedicado a producir deformaciones sobre los aspirantes a mendigos, atiende a dos posibles clientes:

Dejó la comida y el tabaco sobre la repisa y se puso a mirar con atención a sus dos interlocutores, con mucha paciencia y una gran calma. Su mirada se detuvo, finalmente, en el más alto: era un gigante muy bien plantado al que Zaita dijo, sorprendido: – Eres un mulo, ni más ni menos. ¿Por qué quieres mendigar?

El hombre contestó con voz entrecortada: – He fracasado en todos los oficios. He probado muchos, incluso el de mendigo, pero nunca he tenido éxito. Tengo una suerte negra y el espíritu embotado. No comprendo nada ni sirvo para nada.

– Debieras haber nacido rico – le replicó desagradablemente Zaita.

Pero el otro no comprendió la broma. Intentó enternecerlo derramando unas pocas lágrimas y soltando unos cuantos gemidos: – Todo me ha salido mal. Incluso como mendigo no he logrado dar ni con una sola alma piadosa. Todos me dicen que soy fuerte, que debo ponerme a trabajar. Y eso cuando no me insultan. No comprendo por qué.

– ¡Dios mío! – exclamó Zaita rascándose la cabeza -. ¿Ni eso comprendes?

– ¡Dios te guarde y te dé la paz!

Zaita no se cansaba de examinarlo, pensativo. Finalmente dijo con mayor brío, palpándole las articulaciones: – Estás verdaderamente fuerte. Tienes los músculos en muy buen estado. Me pregunto qué comes.

– Pan cuando hay. Y nada más.

– Vaya, tienes cuerpo de diablo. ¿Cómo serías si comieras esos animales a los que Dios colma de dádivas?

– No lo sé – contestó el otro con ingenuidad.

– No sabes nada, naturalmente. Ya lo hemos entendido, claro. Y más vale así. Porque si fueras inteligente, serías uno de los nuestros. Escucha bien, de nada te serviría que te mutilaran los miembros.

En el rostro del bruto se marcó una viva decepción, y Zaita, al ver que iba a recomenzar una crisis de lágrimas, se apresuró a añadir: – De nada serviría romperte el brazo o una pierna, porque jamás conseguirías dar lástima a nadie. Las mulas como tú solo consiguen despertar indignación. Pero no te desesperes – dijo por fin, tal como esperaba impacientemente el doctor Bushi -, existen otros medios. Te puedo enseñar el arte de ser cretino, por ejemplo; para eso servirías. Y te haré aprender de memoria algunas alabanzas al Profeta.

El rostro del hombre se iluminó de agradecimiento, y se puso a implorar a Dios en su favor. Zaita atajó sus efusiones para preguntarle: – ¿Por qué no te haces ladrón?

El hombre contestó, apesadumbrado: – Soy un pobre hombre, pero bueno, y no deseo mal a nadie. Amo sinceramente a la familia del Profeta.

Zaita exclamó, indignado: – ¡No pretendas ablandarme con esas monsergas! – Luego se volvió hacia el segundo, que era bajito y enclenque, y dijo con voz satisfecha-: ¡Felicidades! ¡Tu servirás!

El otro sonrió y exclamó, lleno de agradecimiento: ¡Alabado sea mil veces el Señor!

– Estás hecho para ser ciego y paralítico.

A lo que el hombre contestó, muy contento: – Por la gracia de Dios.

Zaita sacudió la cabeza y le advirtió, sopesando las palabras: – Es una operación muy delicada. Supongamos lo peor, que pierdas de verdad la vista, a causa de un accidente o de un error. ¿Qué harías?

El otro dudó un instante y luego contestó con indiferencia: – Sería un don del cielo. ¿Qué provecho he sacado de mi vida para lamentar perderla?

Zaita pareció oír con satisfacción la respuesta: – Con un corazón como el tuyo, estás bien preparado para afrontar el mundo.

– Con la venia de Dios – replicó el otro-, dejo mi alma entre tus manos. Te daré la mitad de lo que me entreguen las almas piadosas.

Zaita le lanzó una mirada cruel y le dijo con brutalidad: – Ésta no es manera de hablarme. Me contento con dos céntimos diarios, a parte de los honorarios de la operación. Y sé muy bien cómo cobrar lo que me debes, por si acaso se te ocurriera escabullirte.

Entonces el doctor Bushi observó: – No has mencionado tu parte de pan.

Zaita prosiguió: – ¡Claro, claro! ¡Y ahora manos a la obra! La operación es dura y pondrá a prueba tu resistencia al dolor. Intenta disimular todo lo que puedas.

Y al imaginarse el sufrimiento que sus despiadadas manos iban a infligir a aquel cuerpo flaco y desnutrido, dibujó una sonrisa diabólica con sus exangües labios.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.