El Cairo de los faraones

El Cairo de los faraones

ana-caballoLa capital de Egipto y ciudad más grande de África y del mundo árabe es una inmensa metrópolis que no duerme. Repleta de edificios a medio construir, la Primavera Árabe que alcanzó su punto álgido en Egipto en el año 2011 parece haber anclado en el tiempo la fisonomía de la ciudad. Y mientras, las pirámides contemplan impertérritas y estoicas el curso de una frenética historia.

Todo empezó el 19 de marzo de 2015 a las 20.15h. Llegué al aeropuerto de El Cairo procedente de Barcelona vía Estambul. Desde el avión acababa de contemplar la inmensidad de la mayor ciudad del mundo árabe, Oriente Próximo y África. Tras comprar el visado y pasar el control de seguridad, el driver me esperaba fuera del aeropuerto, junto a una marabunta de gente. Decenas de personas, decenas de coches, decenas de ruidos. Al llegar a Downtown (el corazón de El Cairo) subí al hostel, donde me esperaban Peter, Sayed, Mahmud y un té. Me ayudaron a organizar el viaje, planteándoles como requisito indispensable mi seguridad. Conocí a mi compañera de habitación, Hortensia, una joven rumana de 25 años que llevaba seis meses viviendo en Al-Qahira (Cairo en árabe), trabajando en un proyecto para la American University. Dormir en el Cairo es una tarea difícil. El claxon parece una extensión del brazo de los conductores cairotas.

Me levanté a las 7.30 y desayuné lo que más tarde aprendí que era desayuno universal en Egipto: té, pan con mantequilla y huevo duro. Una hora más tarde, mi driver, Mohammed, me acompañó a las pirámides. Es un señor fascinante. Decidí recorrer el área de las pirámides a caballo. Subimos a un monte, al galope, para contemplar la panorámica de las tres pirámides principales y el skyline del Cairo al fondo. Apenas pude contar con los dedos de una mano los turistas que había en la necrópolis que presiden las pirámides de Micerinos, de Kefrén y de Keops. Me acompañaba un joven encantador de cuyo nombre no puedo acordarme. Tomamos algunas fotos y continuamos al galope. Me sentía como Lawrence de Arabia. El viento del desierto levantaba la arena, que se impregnó en mi piel sin apenas darme cuenta. A diferencia de la arena del Sahara marroquí, el desierto egipcio forma un paisaje de tonos blancos y ocres, a veces amarillentos. La polución hacía del cielo de El Cairo una película gris que casi podía tocarse con los dedos. Escalamos la base de la Gran Pirámide para tomar algunas fotos. Más tarde me dirigí a contemplar la famosa Esfinge, área repleta de egipcios que aprovechaban que era viernes (su día festivo) para hacer turismo allí donde apenas hay turistas.

Parece mentira que las pirámides se hayan mantenido intactas desde antes del 2.570 a.C. Han contemplado impertérritas el hundimiento de la antigua civilización egipcia, guerras, dictaduras y revoluciones durante más de 4.000 años. Han presenciado el fin de la era Mubarak, la elección del supuesto primer gobierno democrático egipcio y el estancamiento de la economía y el turismo nacional desde que se inició la Primavera Árabe. Todos los egipcios hablan del “antes y el después” de 2011. Del duro coste que ha supuesto para ellos el derrocamiento de la dictadura. Incluso la fisonomía de la ciudad ha quedado estancada. Infinidad de edificios a medio construir conforman el skyline de una ciudad sumida en el caos y las ansias de recuperación. Pero ahí están las magníficas pirámides de Giza, para recordar a los cairotas que Egipto puede llegar a ser la tierra de prosperidad que un día fue.

A continuación nos dirigimos al museo del Papiro, donde me explicaron cómo se fabricaba el famoso soporte de escritura jeroglífica. Utilizaban la planta acuática “Papyrus”, ubicada principalmente en el río Nilo. Tras quitarle la corteza y cortarla a láminas, la sumergían en agua durante unas semanas. A continuación entrelazaban las láminas vertical y horizontalmente y después las prensaban. El papiro era especialmente apreciado por su resistencia y a la vez flexibilidad. Cansada de las habituales estratagemas comerciales del norte de África, donde te enseñan cualquier técnica de producción artesanal para a continuación tratar de venderte algún producto dirigido a los turistas, quise marcharme. Así que nos dirigimos a la pirámide de Saqqara, donde aceptaron mi carné de estudiante para hacerme el 50% de descuento. Me fascinó, porque no había nadie. Literalmente. Está en proceso de restauración, pero es bellísima. Escalonada. Un diseño revolucionario de la mano del primer arquitecto conocido del mundo, Imhotep, a petición del faraón Zoser. Toda la necrópolis está repleta de hormigas persas, enormes. Tras la pirámide de Saqqara, de nuevo una encerrona árabe. Me llevaron a visitar una fábrica de alfombras, donde un simpático egipcio me explicó todo el proceso de producción. Finalmente tomé un té y compré un par de muestras de tejido de camello. Me cayó muy bien.

Sobre las 16h llegué al hostel tras comprar un shawarma de pollo, que estaba exquisito. Me duché y fui con Sayed y Hortensia a fumar sisha. Escogimos los sabores de menta y manzana y tras un par de horas de charla debía dirigirme a la estación a coger el tren a Asuán. Pero esa historia merece otro capítulo.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.