‘Don Juan Tenorio’

‘Don Juan Tenorio’

Drama religioso, fantástico y de palabras

Navas Ruiz: La salvación de don Juan cancela definitivamente la visión trágica de las grandes creaciones románticas españolas.

El fragmento que voy a analizar de esta apasionante obra es la Lectura de la carta por parte de Doña Inés: Primera parte, acto III, escena 3: del verso 1636 (DOÑA INÉS: “¡Amor has dicho!”) hasta el verso 1770 (DOÑA INÉS: “¡Don Juan!”).

El Don Juan Tenorio de Zorrilla se enmarca a mediados del siglo XIX, un momento histórico convulsionado, caracterizado por una serie de cambios políticos (muerte del monarca absolutista Fernando VII, guerras carlistas…) y sociales (revoluciones liberales de los años 20 y 30 del siglo XIX, liberaciones de algunas de las colonias que poseía Europa…) que transformaron la sociedad española. Concretamente se estrenó en 1844, como culminación de una lista de títulos teatrales que empezaron a publicarse en 1834. De hecho, en ese período de diez años se estrenaron las principales obras del teatro romántico español, que compartían una misma línea temática (amor contrariado por el destino que conduce a la muerte): Macías, de Mariano José de Larra; La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa; Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas; El trovador, de A. G. Gutiérrez; Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch; El zapatero y el rey, de Zorrilla; y, finalmente, Don Juan Tenorio, también de Zorrilla.

Muchos de estos autores habían permanecido en el exilio durante el reinado de Fernando VII, pero tras su fallecimiento regresaron, con brío e ilusión, portadores de las ideas románticas que se escampaban por Europa. Rubén Darío, años más tarde, hablaría en La canción de los pinos (1907) de la esencia del romántico: “¿Quién que Es, no es romántico?”; es decir, que sólo aquel que Es auténticamente como hombre o como mujer, es romántico. En su autobiografía, Recuerdos del tiempo viejo (1880), Zorrilla relata que tardó 21 días en escribir esta égloga pastoril (entendida como espacio campestre donde se sucede una seducción). De esta rapidez de ejecución se deduce que es muy probable que antes de escribirla ya tuviera un esquema claro de cómo iba a plantear el argumento y los personajes. Además, los estudiosos consideran que Zorrilla ya se había empapado de otros donjuanes publicados con anterioridad, y que había acudido al teatro a ver sus representaciones.

Básicamente se inspiró en El burlador de Sevilla (1626) de Tirso de Molina y El convidado de piedra o No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague (1714), de Antonio de Zamora, aunque Zorrilla no recuerda haber visto ésta última. La idea de que el Don Juan se fue gestando en la mente de Zorrilla bastante antes de escribir la obra se ve reflejada en sus creaciones precedentes: El capitán Montoya (1840), que presenta la figura del seductor que asiste a su propio entierro (de ahí las reminiscencias a Don Juan); y Margarita la tornera (1840-1841), que trata de la monja enamorada de un galán rico y seductor (recuerda a doña Inés). Navas Ruiz, en su estudio preliminar a la edición de Crítica, establece que el propósito de Zorrilla era “emular y eventualmente reemplazar la obra que desde el siglo XVIII se representaba en España los primeros días de noviembre con ocasión de la conmemoración de difuntos”.

Las lecturas que se han hecho del Don Juan de Zorrilla son diversas, pero Navas Ruiz las concreta en dos reacciones: en primer lugar, la identificación catártica por parte del espectador con las emociones humanas que se desprenden de la obra (amor, celos, engaño, poder, muerte), como estableció Aristóteles en su Poética. Esta idea recuerda a Las galas del difunto de Valle-Inclán. En segundo lugar, el rechazo de la obra por ser poco original (al ser construida con materiales procedentes de otras obras) y al asociar popularidad con falta de calidad. Esta divergencia de opiniones queda patente por ejemplo en la Generación del 98: Valle-Inclán y Machado la elogiarán, mientras que Unamuno y Baroja la despreciarán.

“Doña Inés del alma mía”

El fragmento que nos atañe se enmarca en la primera parte, y, por tanto, en la primera de las noches, al final de la cual se romperá el mito donjuanesco. Concretamente, se centra en el momento en que Brígida le entrega a Inés la carta escrita por don Juan y le insta a leerla. De hecho, Brígida dirigirá su lectura e influirá en la manera de otorgar sentido a cada una de las palabras de don Juan, e incluso dictaminará qué es lo que siente Inés antes incluso de que lo sienta. En el fragmento aparecen algunos de los personajes esenciales en toda obra donjuanesca: el personaje burlador (don Juan) y el grupo de mujeres entre las cuales debe estar la hija del muerto (doña Inés, hija de don Gonzalo, que morirá más adelante a manos de don Juan). Ya en las primeras líneas del fragmento, Inés titubea, se resiste a leer: “Que cuanto más la miro, menos me atrevo a leer” (1642). Y en ese preciso instante, lee la primera frase, contundente: “Doña Inés, del alma mía” (1644). Primera declaración de amor, cuya veracidad ponen en duda tanto Brígida como el lector externo a la obra. Se deduce en esta carta el papel inoperante de la nobleza en el Don Juan Tenorio, puesto que la condición de noble de don Juan no es una patente para tener más poder sobre las mujeres seducidas, es decir, seducirá por su condición, no por su clase. Gracias a su retórica camelará a doña Inés. Más adelante se habla de “hermosísima paloma privada de libertad” (1650), metáfora que se utilizará a lo largo de la obra. Ese “privada de libertad” podría interpretarse de dos maneras: o bien desde el punto de vista de don Juan, que la ve atada al convento; o bien según don Gonzalo o Brígida, por ejemplo, que ven la carta como una prisión de amor.

Poco más adelante, en los versos 1662-1663, se dice que “los cielos juntaron los destinos de los dos”. Es interesante esta metáfora, porque Zorrilla cree en la capacidad del hombre para trastocar el destino, como si Dios fuera el espectador del drama, no su director. De hecho, a pesar de que Zorrilla es considerado el escritor más conservador de su tiempo, plasma la metáfora más acertada del poder libertador de la ideología liberal, la voluntad de crearse su propio destino, en palabras de Navas Ruiz. A continuación, aparecen frecuentemente conceptos que aluden a la llama, a la hoguera, al volcán, al fuego, como si Zorrilla pretendiera aludir a la faceta demoníaca de don Juan, de la que habla Aurora Egido en Sobre la demonología de los burladores (de Tirso a Zorrilla). También es interesante el verso que dice “entre mi tumba y mi Inés” (1687), por las reminiscencias a pasajes posteriores. Es probable que la tumba se refiera a la muerte y “mi Inés” sea un reflejo del amor. De ahí se puede extraer una metáfora posterior: “O arráncame el corazón o ámame porque te adoro” (2258-2259). Es decir, que sino se da el amor, se da la muerte. De hecho, Inés morirá de amor. Es una muestra del juego constante de Zorrilla con las palabras.

La carta continua aludiendo al carácter desprotegido de Inés (“perla sin concha escondida”, “garza que nunca del nido tender osastes el vuelo”…). También es interesante recalcar el papel de la palabra “afán”, presente en toda la obra, por su polisemia: en el verso 1703 parece aludir a una libertad buscada con ímpetu, deseada. En el verso 1741 podría ser sinónimo de sentimiento. De ahí la variedad de significados que Zorrilla otorga a esta palabra. Al final del fragmento don Juan toca a la puerta. Brígida dice en el verso 1769 que “las nueve dan”. En este punto remarcar el tratamiento preciso que Zorrilla hace del tiempo. La acción que se relata transcurre en muy poco tiempo, tan sólo dos noches, pero con un lapso entre ellas de cinco años. Condensa muchas acciones en muy poco tiempo. Por ello se hace referencia a “horas de 200 minutos”, es decir, horas que abarcan mucho espacio en la trama. De todas estas puntualizaciones se deduce la importancia de la palabra en Zorrilla. Fernández Cifuentes lo calificó de “drama de palabras”, ya que “el engañador par excellence, pretende en un momento dado decir la verdad y las palabras no le apoyan”. “Seducir, escribir y mentir se anuncian como actividades contiguas, acaso inseparables”. La carta no representa a don Juan porque la opacidad de las palabras en ella permite de alguna manera la mentira y el engaño. La función original de la carta es seducir a Inés, pero don Gonzalo la recoge como prueba escrita de la culpabilidad de don Juan. Esta contradicción se da a partir de presuposiciones que se deducen de lecturas incompletas realizadas en función de la voluntad de sus emisores. Es lo que Cifuentes denomina Misreadings, es decir, interpretaciones torcidas, porque ninguna hará justicia a la polisemia de sus signos (así, don Gonzalo lee el comienzo y la firma; mientras Brígida dirige la lectura de Inés). En Don Juan Tenorio, la lengua es preformativa, es decir, sirve para jugar y disfrutar, no para conocer. Sin embargo, Zorrilla ha permitido que la ironía romántica introduzca en la carta un valor representativo directo: concebida como engaño, termina por representar los sentimientos de don Juan. “La originalidad de Zorrilla consiste en presentar el acto de seducción engañosa en el momento mismo en que deja de serlo”.

Lo paradójico del fragmento que nos concierne es que la carta que salió de las manos de don Juan no es la misma que la que llega a las de doña Inés. El valor preformativo se multiplica irónicamente (ya que no sólo seduce a Inés, sino también al propio don Juan), mientras cede un cierto lugar a lo constantivo (función en la que lo que se pone en juego es la correspondencia de la lengua con la verdad o la mentira). Su intento de transformación se verá frustrado precisamente por el uso que hace del lenguaje. Cifuentes concluye diciendo que “Don Juan […] es sólo el medio por el que la obra se contempla y examina la condición de las palabras que la componen”. De ahí que Don Juan Tenorio se entienda como un drama de palabras.

Vestuario de Don Juan Tenorio © Foto: Museo Reina Sofía

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.

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