Asuán, a la vera del Nilo

Asuán, a la vera del Nilo

La presa de Asuán es una faraónica obra de ingeniería que, a pesar de controlar las crecidas del Nilo, ha causado un tremendo impacto en el frágil ecosistema, la economía Nubia y los restos arqueológicos de la zona

Después de disfrutar de la capital egipcia, me dirigí a Asuán, a cerca de 850 kilómetros al sur de El Cairo. A las 22 horas partía el tren, concretamente un vagón de primera clase con los asientos amplios y cómodos. No había ningún occidental o turista, aunque me rodeaban simpáticos y hospitalarios egipcios. Durante las 14 horas que duró el trayecto, cada cinco minutos desfilaba algún vendedor ambulante que, a grito pelado, vendía cualquier cosa que se pueda vender: la prensa del día (Al-Ahram, Al-Masri Al-Youm), plátanos, toallas, té, kofte, perfumes, pañuelos, tabaco, vestidos, sábanas, sandalias, frutos secos, flores y todo aquello que pudiera concluir en una transacción económica. Tras diez horas sin moverme del asiento, pregunté al señor de al lado cuántas horas faltaban para llegar a Asuán. Arba’a, contestó él, faltaban cuatro horas. Le acompañaba una joven muy agradable, que me condujo al baño, aunque no hablaba ni una palabra de inglés. Su nombre era Radwa. Antes de bajarse en Edfu, anotó mi número de teléfono y me llamó dos días después, pero eso lo relataré en el próximo capítulo. A las 12.30h llegué a Asuán, por fin. Me bajé junto a una horda de gente y en la vía los acosadores se apresuraron a hostigar con su palabrería. Un hombre se acercó a mí y dijo mi nombre. Era mi driver, Hussein, quien me acompañó al hotel a dejar las cosas, a solo cinco minutos de la estación. El hotel se llamaba Paradise, aunque nada más alejado. Comí un sándwich de ternera en una pequeña parada, por 2,5 libras egipcias y media hora después Hussein me recogió para llevarme a la presa de Asuán.

La presa de Asuán para contener las crecidas del Nilo

Tras pasar el puesto de control militar en el puente, uno de los puntos estratégicos de Asuán, llegamos a la impresionante obra de ingeniería que une el lago Nasser (el lago artificial más grande del mundo, repleto de cocodrilos) con el río Nilo. Los accesos a la presa estaban también controlados por el ejército. Antes de que se construyera la primera presa de Asuán a principios de siglo, en ocasiones las inundaciones anegaban las tierras, y en otras la falta de agua provocaba una sequía de consecuencias fatales para los egipcios. No obstante, precisamente gracias al desbordamiento del río por la crecida de las aguas procedentes de Uganda y Sudán se producían sedimentos que contribuían a incrementar la fertilidad de las tierras próximas al Nilo y, en consecuencia, fomentaban un importante desarrollo agrícola. El problema era la incertidumbre que implicaba lo impredecible de las crecidas.

Se planteó la necesidad de construir esta faraónica obra de ingeniería para regular el nivel del Nilo y, sobre todo, gestionar los recursos de un modo más predecible y optimizado. El gobierno de Gamal Abdel Nasser se decidió a construir en 1956 una presa más eficaz y elevada que la construida a principios de siglo. Este proyecto amenazaba decenas de los templos y restos arqueológicos del área, y, de hecho, muchos de ellos fueron trasladados (con todas las repercusiones que ello implicó). Evidentemente, el control de las inundaciones y sequías contribuyó al desarrollo de la industria pesquera, y, sin embargo, el tremendo impacto que ha causado en el frágil ecosistema del Nilo y en la economía Nubia es incalculable.

Por suerte, una especie se ha beneficiado de esta construcción, además de la infinidad de mosquitos (como el de la malaria) y parásitos que se regocijan en las aguas estancadas: el cocodrilo. Casi la totalidad de los cocodrilos que habitan Egipto se encuentran en el lago Nasser y recientemente han dejado de estar en peligro de extinción gracias precisamente a la presa de Asuán, que actúa como muro de contención para evitar que estos reptiles se extiendan por el cauce del Nilo y queden expuestos al comercio ilegal y otras amenazas.

El templo grecorromano de Filé, o de Isis

Tras visitar la presa de Asuán, nos dirigimos al templo de Filé, en una pequeña isla a la que accedimos en una barca capitaneada por un encantador nubio. Fue un templo cuyo acceso porticado se dedicó al culto de la diosa Isis hasta el siglo VI, cuando el emperador romano de oriente, Justiniano I, lo proscribió. El conjunto se reconvirtió en iglesia cristiana hasta el siglo XII, época en que el credo islamista ya se había impuesto como religión mayoritaria de la población egipcia. Se trata de uno de los numerosos templos grecorromanos que pueblan las tierras entre Luxor y Asuán. Tras visitar el templo me sentía agotada, así que me pedí una botella de agua y me puse a leer a los pies del Nilo.

A nuestro regreso, Hussein me ofreció realizar otras actividades, que rechacé porque me parecían tremendamente caras, incluido el paseo en falúa. Fui a cenar sola al restaurante Makkar de Asuán. Tomé kofte con pan, patatas asadas y ensalada. Nada más terminar regresé a mi alojamiento porque de alguna manera sentí miedo. Un miedo irracional, supongo, porque nada sucedió, aparte del habitual acoso de los hombres. Además, me levantaba a las 2.45 horas para unirme al convoy militar que nos conduciría a los templos de Abu Simbel. Probablemente, lo mejor de Egipto.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.