Amman: entre caminatas, manifestaciones y Araq

Amman: entre caminatas, manifestaciones y Araq

amman-towardah-hotelCiudad sucia, caótica, frenética, pero mágica e inolvidable, y sigo sin saber por qué

Mientras espero a que llegue el Jett Bus en la estación de autobuses de Wadi Musa (Petra – Jordania), converso con un policía y con un hombre de Canadá, que me cuenta que el sueño es que sus hijos sean “travelers”, que aprendan de los viajes, de la heterogeneidad de las culturas, de la vida. Una vez en el autobús conozco a un chico de Sao Paulo que trabaja para la ONU y disertamos sobre la guerra en Siria. También participa en la conversación James, un ingeniero informático. Quedo con este último en pasar el día juntos en la capital de Jordania. Nada más llegar a Amman, nos esperan como hienas hambrientas decenas de drivers que nos acosan preguntándonos dónde vamos, que nos llevan donde queramos y también mañana, y pasado mañana, y toda la vida. Negocio con uno de ellos que me lleve a mi hostel, el Towardah Hotel, en Downtown Amman. Se encuentra en una calle sin salida en el corazón de la ciudad, de no muy buena apariencia. Nada más entrar no hay nadie en recepción, así que toco el timbre, y se levanta de detrás del mostrador un árabe. Tarda varios segundos en reaccionar y en quitarse las legañas que se asoman por sus ojos marrones, casi negros. Son las 21horas, tampoco esperaba que hubiera alguien durmiendo tras el mostrador de recepción.

Tras hacer el “check-in”, por llamarlo de alguna manera, una joven jordana se acerca muy simpática y me sugiere que baje a fumar narguile con ella, otro jordano y un refugiado sirio. Antes me ofrecen un welcome drink, un gran zumo de frutas tropicales. No estoy segura de si debo tomarlo o no, pero pienso de perdidos al río. Es imposible sufrir más la diarrea, así que peor no puede ser. Tras dejar las maletas en la habitación, un dormitorio cochambroso de cuatro camas en cuya ducha se paseaba alguna que otra cucaracha y el grifo se sostenía con cinta aislante. No me apetece especialmente ducharme ahí, y menos a 5 grados de temperatura y con agua fría, así que decido limpiarme con las toallitas limpiadoras que había recopilado del avión de Royal Jordanian.

El jordano es tan hospitalario como divertido

Decido que la mejor opción es bajar a charlar con la joven jordana, dado que el dormitorio no es precisamente muy acogedor. Salimos a la terraza y nos sentamos el refugiado sirio (que no habla inglés), ella y yo en torno a la sisha de narguile. Ella me trae una manta y me la pone sobre mis hombros. Tenemos la típica conversación de cómo se dicen palabrotas en nuestros respectivos idiomas y, como el joven sirio no entiende lo que estamos diciendo, sólo comprende los insultos en árabe que me había enseñado mi profesora. Cuando dije “kus ujta”, él me miró entre sorprendido y enfadado, mientras la jordana se reía a carcajadas. “Kus ujta” es el peor insulto que se puede decir en árabe, ya que significa literalmente “el coño de tu hermana”, y la gravedad del insulto radica en que se agrede a la hermana en lugar de a la madre (como suele ser habitual en España), ya que es posible que la hermana de alguien sea virgen, mientras que la madre jamás podría serlo. Al poco se une otro joven jordano que farfulla algunas palabras en inglés. Nos reímos mucho, aunque ciertamente parándome a pensar ese momento, no puedo recordar exactamente de qué. Pero desde luego, me fascinó la hospitalidad y la cordialidad árabes. Me trajeron bombones, fumé narguile con ellos y me tomé un zumo de frutas tropicales (aunque me arrepintiera el resto de la noche). Eso sí, cada diez minutos salía una prostituta del “hotel”, o al menos con apariencia de prostitutas, ya que llevaban minifaldas más cortas que la de la “raja de la falda” de Estopa, pintadísimas, con camiseta de tirantes y unos tacones con los que yo sería incapaz de caminar. Tras cinco días en Jordania, ellas eran las primeras mujeres árabes que veía que no llevaban piernas, hombros y cabeza cubiertos.

A medianoche me despedí de ellos, ya que había quedado con James en el Templo Hércules a las 8 de la mañana y no sabía dónde estaba y no tenía ningún mapa de la ciudad. Mientras organizaba el equipaje, pasada la medianoche tocaron a mi puerta. Eran el joven jordano y el refugiado sirio, preguntándome si quería salir con ellos esa noche. Les dije que no, que estaba cansada y necesitaba dormir. Se fueron y tras leer un rato me dispuse a ponerme el pijama, cuando volvieron a tocar a la puerta. De nuevo ellos, me pidieron que nos hiciéramos una foto, así que acepté para que me dejaran en paz. Me metí en la cama, sin sábanas, con los calcetines sobre mi pijama y la toalla sobre la almohada. Me puse los tapones y dormí con el pasaporte bajo el pijama.

Me levanté pronto y salí al caos de Amman, tras hacer el check-out (siete dinares jordanos, una auténtica ganga, y dejo mi segunda mochila allí). Pregunté por el Templo de Hércules, pero nadie sabía qué era eso, ni siquiera la policía. Por fin encuentro a alguien que me comenta que el Templo de Hércules forma parte de la Citadelle, la ciudad antigua de la capital. Como quedan 5 minutos para la hora a la que había quedado con James, cogí un taxi, que me subió a la Citadelle por un dinar jordano. Allí estaba James, en camiseta corta con el frío que hacía, y una guía turística en la mano. Entramos y contemplamos los restos de la ciudad antigua. Visitamos el anfiteatro, el templo de Hércules y luego el mercado y la Mezquita de Hussein (Hussein mosque). El mercado era auténtico, fascinante. Los olores, los gritos, el gentío.

Luego subimos a Rainbow Street, la zona alta de Amman, también la más lujosa. Cuando nos entra el hambre, comemos en un restaurante armenio, Jim (de James pasó a Jim a los cinco minutos de charlar) es vegetariano. Por la tarde paramos en un bar internacional y probamos el Araq (la típica bebida árabe, anisada, de 50 grados). Tomamos dos vasos cada uno, de Araq jordano y Araq libanés. Llamo a Royal Jordanian, ya que mis amigos y mis padres me dicen que la situación en Bangkok es muy conflictiva y que los medios de comunicación recomiendan no viajar allí bajo ninguna circunstancia. A mí me quedan pocas horas para coger el avión a Bangkok, por eso llamo a Royal Jordanian, que poco me aclara. Jim se ofrece a que si finalmente el vuelo no sale me quede con él.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.