Amanecer con el rezo árabe

Amanecer con el rezo árabe

ana-mar-muertoLo más bello de dormir en un país árabe es despertarse a las 6 de la mañana con el cántico del primer rezo del día.

En cada pueblo, en cada ciudad, suena diferente, pero todos comparten esa especie de textura, de melodía pausada que produce una gran paz interior, incluso para quienes no comprenden los versos, pura poesía.

Tras escucharlo por primera vez en Madaba, me resultó difícil volver a dormirme. Sólo tenía ganas de salir y disfrutar de los olores, el caos ordenado (por raro que parezca, lo que para un occidental es caos, para un árabe es el flujo natural de los acontecimientos, fluyen en esa especie de sinergia que se establece en la conducción, en el mercado, etc.), y esa especie de atmósfera relajante a pesar de la suciedad y el sonido de los centenares de cláxones.

Ese día el conductor me llevó al monte Nebo, desde donde se puede contemplar el mar muerto, Jerusalén y Amman. Mientras el conductor me esperaba fuera, el policía del recinto me acompañó durante toda mi visita. Me explicó la historia de la fuente de Moisés, la piedra en su memoria, y el árbol que originalmente tenía tres ramas (una representaba el Cristianismo, otra el Islam y otra el Judaísmo), pero del que actualmente sólo se conservan dos ramas (cuál es la que ha desaparecido está abierto a la imaginación o voluntad de los visitantes). Le explico que al día siguiente voy a visitar Wadi Musa y luego Wadi Rum, y se ofrece a acompañarme. No estoy segura de si puedo confiar en él, pero anota mi teléfono y mi email y me apunta sus datos personales en una postal del monte Nebo. Me regala cinco postales, un imán y una piedra. Cuando le digo que tengo novio se entristece, pero aún así insiste en acompañarme en mi viaje y en salir a cenar conmigo en Madaba. Nos paramos en el árbol de los deseos, pido uno, y le pregunto por qué él no pide uno, y me responde que él ahora ha dejado de creer en ello. Termino el circuito por el monte Nebo y me despido del policía. Promete llamarme por la tarde para ir a cenar.

De nuevo en el coche, le explico a mi driver lo sucedido con el policía y se sorprende, ya que los oficiales no están autorizados a tener ningún tipo de relación ‘extra-oficial’ durante su horario de trabajo. Me comenta que nunca antes había oído nada semejante. Seguimos nuestra ruta hasta el mar muerto, por una carretera serpenteante entre el desierto. A lo lejos se divisa Jerusalén. Me he dejado el bikini en el Hostel, así q me compro uno ‘estilo árabe’ por 20 dinares jordanos. Me adentro en el mar y todas las heridas me escuecen, arden, debido a la salinidad, nueve veces superior a cualquier océano en el mundo (aunque existen otros lagos en el mundo con un mayor nivel de salinidad). El mar muerto es el único en el mundo que además se encuentra por debajo del ‘nivel del mar’, paradójicamente, y su cuasi-salinidad (hablando con propiedad, ya que se trata de un lago salado) provoca un efecto de flotabilidad sorprendente. Debido a sus componentes, ningún ser vivo habita en él, salvo las artemias, un género de crustáceos cuyo tamaño depende de la concentración salina de las aguas donde se encuentra. La sensación de flotabilidad es asombrosa, aunque no tanto como había imaginado dadas las expectativas de cualquier turista.

Tomé algunas fotos a unas canadienses y ellas a mí. Al salir del agua las heridas seguían ardiendo y se enrojecieron. Me di una ducha ‘árabe’ y luego me relajé en la piscina, para aliviar el escozor. Estuve leyendo y escribiendo plácidamente. Y también tomé algunas fotografías, que se pueden ver en el siguiente enlace.

Tras tres o cuatro horas de relax contemplando a lo lejos la costa israelí, regresamos a Madaba. Pasamos varios controles policiales, militares con ametralladoras que nos preguntaron el motivo por el que cruzábamos ese punto estratégico cercano a la frontera con Israel. Eran las 12 del mediodía, y se empezaba a escuchar la llamada al rezo. El driver se detuvo junto a una mezquita y me pidió que le esperara diez minutos. Le pregunté, inocentemente, si podía entrar con él, y, con mucha educación pese a mi falta de respeto, me indicó que no era posible. Una vez hubo terminado el rezo, nos dirigimos de vuelta a la ciudad cristiana. Por el camino, mientras contemplaba el paisaje desértico, la emblemática arquitectura y el desastroso pavimento de las carreteras, observé a un grupo de niños jugando con unas piedras. Al poco, uno de ellos alzó un tubo metálico, apuntó hacia nuestro vehículo y, justo cuando pasamos frente a él, disparó una piedra con esa especie de artefacto casero. La piedra alcanzó el cristal de mi ventana, que se resquebrajó ligeramente. Tras el sobresalto, el driver me preguntó si el daño del cristal era muy grave, y le dije que no. No hubo más comentarios al respecto.

Una vez en Madaba, comimos un shawarma y visité la famosa iglesia cristiana de la ciudad, conocida por sus mosaicos. Luego regresé al hostel a tomar un té árabe, junto a Mostafa, el refugiado sirio, y me limité a contemplar el iPhone sonar una y otra vez durante más de dos horas. Era un número jordano. Era el policía del Monte Nebo.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.