Alfonso Vega, en el corazón de Papúa Nueva Guinea

Alfonso Vega, en el corazón de Papúa Nueva Guinea

alfonso-vega-jungleJunto a otro piloto, dos mecánicos y un ‘observer’ recorrieron el área que une Rabaul con Kokopo y pudieron ser testigos de los estragos que causó la guerra del Pacífico en Papúa Nueva Guinea

A finales de diciembre, cuando el barco descargó las toneladas de atunes que habían llenado la bodega en Rabaul, Alfonso Vega, otro piloto, dos mecánicos y un observer aprovecharon la ocasión de estar en tierra para ir a algunas “tiendas”, por llamar de alguna manera a ciertos cuchitriles de compra-venta de productos. Luego se subieron en una furgoneta de nueve plazas un total de 21 personas para recorrer los alrededor de 40 kilómetros que unen Rabaul con Kokopo, a través de un camino de barro. Una vez en Kokopo aprovecharon para comer una buena hamburguesa con patatas fritas a las 11 de la mañana.

Rabaul fue la última base japonesa conquistada por los norteamericanos

Tras el copioso desayuno, fueron a pasear por un camino envuelto por un paisaje selvático impresionante, en cuyas orillas todavía permanecen decenas de tanques japoneses y americanos, ya oxidados y cubiertos de vegetación. La población de Rabaul fue el último lugar que pudieron conquistar los americanos durante la guerra del Pacífico que tuvo lugar entre 1937 y 1945. Aunque los bandos beligerantes fueron básicamente Estados Unidos y Japón, muchas zonas de Asia Oriental e islas del Pacífico se vieron afectadas por su enfrentamiento. Tras una serie de ofensivas victoriosas llevadas a cabo por Japón, el avance estadounidense por el Pacífico logró forzar una gran batalla naval conocida como la batalla del Mar de las Filipinas, donde la Armada nipona sufrió pérdidas irreparables, que fueron explotadas en la batalla del Golfo de Leyte.

Desde entonces la superioridad naval estadounidense en el Pacífico fue indiscutible. En 1943 las fuerzas norteamericanas pusieron en marcha la Operación Cartwheel, cuyo objetivo era tomar la base principal japonesa en Rabaul. Fue tan complejo el proceso de ocupación que durante el año 1944 se modificó el plan general, incluyendo en la operación además de las fuerzas australianas que ya estaban combatiendo allí al Sexto Ejército de los Estados Unidos (conocido como Fuerza Alamo), con el fin de sobrepasar Rabaul y dejar al ejército japonés sitiado allí. Como explica mi hermano, “Rabaul fue el último punto y al que más les costó llegar a los norteamericanos en la conquista contra los japoneses en la Guerra del Pacífico”.

Una vez de vuelta a la base, Alfonso le pidió al encargado de los congeladores (Iceman) que le cortara el pelo. Al ser filipino y no hablar inglés casi le deja afeitada la cabeza, pero como bien dice mi hermano, “tampoco voy a ir ahora a un casting de modelos”. Más tarde quedaron en el camarote del piloto del Ocean Ace para seguir con sus risas y contando anécdotas.

A la mañana siguiente, el 30 de diciembre, regresaron a Rabaul en lancha y una vez allí comió junto a siete pilotos más, todos ellos salvadoreños. Bajo el sol abrasador caminaron hasta el Hotel Rabaul, una antigua base japonesa restaurada por un escocés hace más de treinta años. Aunque no se encuentra muy bien cuidado, el lugar es como un oasis de tranquilidad al lado de lo que se puede ver en Rabaul. De nuevo disfruta de unas increíbles hamburguesas y visitan el búnker japonés que todavía permanece dentro del hotel, completamente intacto, incluidas las ametralladoras. Después de estas apasionantes aventuras, regresaron al camarote del Ocean Ace, y, entre historias y risas, permanecieron allí hasta bien entrada la madrugada.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.

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