Afganistán en manos de Obama

Afganistán en manos de Obama
Armada EE.UU. en Kandahar, copyright Flickr

Armada EE.UU. en Kandahar, copyright Flickr

Desde que el 4 de noviembre de 2008 el presidente Barack Obama (Honolulu, 1961) ganara las elecciones a la presidencia norteamericana, millones de ojos esperanzados han vigilado todos sus movimientos con optimismo, pero también con cierto recelo. Su intención negociadora con el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad (Aradan, 1956) y con el líder del ejecutivo sirio, Bashar al Assad (Damasco, 1965), fue una primera dosis de esperanza que se duplicó al asegurar que la retirada total de las tropas de Iraq se realizaría en el año 2011. Pero la apertura al diálogo diplomático no fue una promesa aislada: también garantizó durante su campaña electoral recortes presupuestarios de miles de millones de dólares, que detendría la inversión en los escudos antimisiles para la defensa y que trabajaría por la eliminación de todas las armas nucleares. Que el dirigente de un gigante como Estados Unidos haya realizado estas promesas es increíble (dados los precedentes “georgianos”), pero puede generar falsas ilusiones que, a la larga, pueden volverse en su contra.

El diario norteamericano The New York Times publicaba en su versión digital de esta mañana una noticia de la periodista Helene Cooper que afirmaba que el apoyo de la sociedad a las decisiones de Obama se había visto erosionado. Al parecer, en abril de este año, el 33 por ciento de los encuestados estimaba oportuno reducir el número de soldados en Afganistán, pero ahora ese porcentaje ha ascendido al 41 por ciento. Además, la aprobación de la política en Afganistán del presidente norteamericano ha perdido ocho puntos con respecto a abril, y se sitúa en el 48 por ciento. Algunos demócratas del Congreso temen una escalada del conflicto en Afganistán, especialmente porque se está convirtiendo en una reconstrucción de la nación a largo plazo más que en una operación contraterrorista, como estaba previsto originalmente. El profesor de Historia y Relaciones Internacionales en la Universidad de Boston Andrew J. Bacevich (Illinois, 1947) subraya que hubo un tiempo, en 2003 y 2004, en que era posible lograr el apoyo popular a la guerra atendiendo al argumento de que Estados Unidos estaba combatiendo el mal y luchando por la democracia y los derechos de las mujeres. Sin embargo, unos años después, con la economía erosionada y 5000 soldados estadounidenses muertos en Iraq y Afganistán, ese argumento ha perdido todo su valor. La sociedad está exhausta.

El senador republicano de Carolina del Sur, Lindsey Graham (Carolina del Sur, 1955), critica la falta de autoridad de Obama y afirma: “Algunas personas de la derecha piensan que ésta es la guerra de Obama y quieren hacer con Obama lo mismo que hicieron con Bush en Iraq”. Y, sin embargo, ambas guerras son incomparables. El actual presidente trata de combatir el terrorismo talibán en un país sumido en el caos, la pobreza y la desesperanza desde hace muchos años.

Breve repaso a la historia de Afganistán

En la antigüedad, Afganistán formó parte del Imperio Persa Aqueménida, del reino helenístico de Bactriana, del Imperio Kushan y del Imperio Persa Sasánida. Aunque en esa región se practicó el budismo y el hinduismo, con la llegada de los musulmanes árabes en el año 636 d.C., la sociedad se convirtió al Islam. Importante parada de la Ruta de la Seda, Afganistán se convirtió en Estado en 1747. A mediados del siglo XIX, en plena era colonialista, empezó la influencia británica en el país. Pero en 1919 Afganistán obtuvo la independencia del Reino Unido.

En 1973, un golpe de estado proclamó la república y hundió la monarquía. Cinco años más tarde el comunismo se instaló en el gobierno, muy a pesar de la guerrilla islámica (aliada con Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán), con la que el ejército soviético combatió hasta 1989. A continuación tuvo lugar una guerra civil hasta que en 1996 los talibanes impusieron su mandato basado en la Sharia. La Sharia es la base del Derecho Islámico, que incluye un código de conducta relativo a la moral y los modos de vida y a las reglas que dividen el bien del mal.

En 2001, Estados Unidos, motivado por los ataques terroristas del 11-S, inició una política de persecución del grupo terrorista Al Qaeda en Afganistán contando con el apoyo internacional. Una vez hubo neutralizado el régimen talibán, autorizó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la creación de una fuerza internacional formada por tropas de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) que ayudara al presidente Hamid Karzai a asumir el control del país.

Recientemente, las elecciones presidenciales han acarreado bastante polémica, ya que se produjeron en un contexto de atentados, asesinatos y corrupción. Por el momento se han contabilizado el 65 por ciento de los votos, en los que el actual presidente, Hamid Karzai (Kandahar, 1957), logra un 47 por ciento y el ex ministro de Asuntos Exteriores, Abdulá Abdulá (1961), un 32 por ciento.

Otros datos de interés

La población de Afganistán está dividida en un gran número de grupos étnicos. Según el ‘CIA World FactBook’, la distribución de etnias es la siguiente: pastunes (38 por ciento); tayikos (25 por ciento); hazaras (22 por ciento); uzbekos (9 por ciento) y judíos étnicos (6 por ciento). Los idiomas oficiales son el árabe, el persa afgano o dari, el patán y el tayiko. También se hablan algunos idiomas turcos (hazara, uzbeko y turcomano), además de alrededor de treinta lenguas menores.

Ficción recomendada sobre Afganistán

Khaled Hosseini: Cometas en el cielo. Salamandra: Barcelona, 2006.

Khaled Hosseini: Mil soles espléndidos. Salamandra: Barcelona, 2007.

Soy periodista, con una inclinación natural e inevitable por el Líbano en particular, y, en general, por todos los conflictos aparentemente minoritarios que podrían extrapolarse al resto del mundo. Estudié Periodismo y Humanidades y realicé un máster en Edición de Libros en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente estoy volcada en el Grado de Estudios Ingleses y soy adicta al trabajo, a la literatura y a la fotografía. Desearía que los días tuvieran más horas para poder poner en práctica todas las ideas y proyectos que sueño en las pocas horas que duermo.